Por Armando González Romero
La política mexicana ha vivido, durante décadas, bajo un techo de cristal que separa a quienes deciden de quienes padecen las decisiones.
Para mi generación que nació en las plazas y no en las oficinas, la democracia no puede ser un juego de simulación estadística. Por eso, defender la eliminación de las diputaciones plurinominales no es solo una postura administrativa: es una declaración de guerra contra el inmovilismo de las élites.
Históricamente, la representación proporcional se nos vendió como el escudo de la “pluralidad” (creado por el PRI cuando comenzó a perder fuerza en las urnas, a fin de conservar su poder en el congreso).
Pero hoy, en 2026, la realidad ha desnudado esa figura: los “pluris” se han convertido en el último refugio de una casta política que le tiene pavor al sol, al lodo y al juicio directo del vecino. Es el espacio donde los partidos premian la obediencia ciega y protegen a cuadros que no ganarían ni la presidencia de su colonia.
Nuestra ética nos obliga a la congruencia. No podemos hablar de “mandar obedeciendo” mientras defendemos 200 asientos en el Congreso que no responden a nadie más que a la firma del dirigente que los puso en la lista.
Un legislador que no camina su demarcación es un legislador que no siente las carencias de su gente. La política de escritorio ha muerto; lo que hoy se exige es una política de territorio.
El argumento del ahorro económico es potente y necesario: un Congreso más austero es un Congreso más ético. Pero el argumento más profundo es el de la legitimidad.
Eliminar los plurinominales obliga a los partidos a regenerarse o morir. Si una fuerza política quiere existir, debe tener la capacidad de convencer a las mayorías en las calles, de presentar perfiles honestos y de construir propuestas que resuenen en el corazón del pueblo, no solo en las calculadoras de los analistas.
Muchos “académicos” y voces del viejo régimen claman que esto es un retroceso hacia el autoritarismo, se equivocan. El verdadero autoritarismo es permitir que personas sin respaldo popular decidan el destino de las leyes nacionales. La pluralidad no segarantiza con cuotas para las cúpulas; se garantiza abriendo los partidos a la ciudadanía y rompiendo el monopolio de las dirigencias sobre las candidaturas.
Los políticos, no deben buscar una silla cómoda asegurada por una tómbola o un acuerdo cupular, deberían buscar el honor de representar a la gente a través del voto directo.
Queremos que cada legislador, al levantar la mano para votar una reforma, sienta el peso de los miles de ojos de su distrito que lo están vigilando.
La eliminación de los plurinominales es el paso final para derribar los muros del Congreso y dejar que entre el aire fresco de la voluntad popular. Es hora de dejar atrás la política de privilegios para dar paso a una democracia de a pie, donde el único camino al poder sea el trabajo compartido con la comunidad.
Menos listas, más votos.
Menos élites, más pueblo.
Usted amable lector tiene la mejor opinión y puede compartírmela por mis redes sociales donde me encuentro como Armando González Romero, nos leemos en la próxima.


