Por Alfredo Inzunza
A comienzos del siglo XXI, Europa representaba cerca del 25 % del PIB mundial, era, junto con Estados Unidos, uno de los pilares del orden económico liberal pos-Guerra Fría, dos décadas después, ese peso relativo se ha erosionado de manera constante, no porque Europa haya colapsado, sino porque el eje del poder global se desplazó: Asia emergió como centro de gravedad del crecimiento, mientras Europa permaneció atrapada entre regulación, bajo crecimiento y dependencia estratégica.
Las causas de esta pérdida de centralidad son estructurales: envejecimiento demográfico, estancamiento de la productividad, desindustrialización prematura, dependencia energética externa y una integración política que avanzó más rápido en lo normativo que en lo estratégico. Europa construyó un gran mercado, pero no un poder geopolítico equivalente; confió en reglas en un mundo que empezó a premiar capacidades.
Es en este contexto donde debe interpretarse la ofensiva diplomática de Ursula von der Leyen hacia la India: no como gesto simbólico, sino como un intento tardío de reinsertar a la Unión Europea en el núcleo del reordenamiento global, Von der Leyen lo adelantó en Davos:
Europa necesita diversificar alianzas, reducir dependencias críticas y construir resiliencia estratégica en un mundo fragmentado.
La elección de la India no fue casual, desde 2023, la India es el país más poblado del mundo, con más de 1,430 millones de habitantes, una escala demográfica que implica un vasto mercado interno y una base de consumo estructural en expansión continua, en un mundo donde el crecimiento poblacional europeo es prácticamente nulo, la India ofrece lo que Europa ya no tiene: escala humana, dinamismo demográfico y una economía en acelerada transformación.
En ese sentido, tal como se preveía, el 27 de enero de 2026, la Unión Europea e India han cerrado un acuerdo de libre comercio histórico tras casi dos décadas de negociaciones, el pacto, calificado por algunos como “la madre de todos los acuerdos comerciales”, crea una zona de libre comercio que abarca cerca de 2,000 millones de personas y aproximadamente el 25% del PIB global.
A diferencia de las expectativas previas, este acuerdo va más allá de las reducciones arancelarias tradicionales; es un instrumento estructural de vinculación económica, comercial y estratégica en un mundo que ya no separa la economía de la geopolítica.
Los puntos clave del acuerdo incluyen la eliminación o reducción sustancial de aranceles sobre la gran mayoría de bienes comercializados entre ambas partes: la India eliminará o bajará sus derechos sobre el 96.6% de las exportaciones europeas, mientras que la Unión Europea liberalizará el 99.5% de sus partidas arancelarias para bienes de la India en un plazo de siete años, con beneficios estimados para exportadores europeos de hasta 4,000 millones de euros anuales en ahorro de aranceles.
Sectores clave como automóviles, maquinaria, químicos, medicamentos, vinos y productos industriales verán reducciones significativas, en algunos casos, como en el sector automotriz, los aranceles indios sobre vehículos europeos (que superaban el 100%) se reducen gradualmente hasta llegar alrededor del 10%, un cambio profundo para la competitividad industrial.
El acuerdo también contempla facilitar el acceso a mercados de servicios y establecer marcos de movilidad laboral, científica y profesional, así como compromisos en sostenibilidad y cooperación en transición energética.
Para Europa, esta pieza no es un tratado económico más; es una respuesta estratégica al desplazamiento del poder global, por décadas, la Unión Europea dependió de un modelo de comercio abierto con Estados Unidos y China, ahora, la creciente volatilidad de ese eje obliga a Bruselas a ampliar horizontes, la India ofrece no solo mercado, sino la construcción de una plataforma de cooperación estructural con una democracia grande y dinámica, y con proyecciones que la colocan, hacia 2050, como una de las economías dominantes del planeta.
Esta firma no es un acto aislado, es la culminación de un proceso que empezó en Davos, donde Von der Leyen subrayó que Europa debía moverse más allá de la lógica de bloques tradicionales, apostando por asociaciones basadas en reciprocidad normativa y complementariedad productiva.
Para Nueva Delhi, el acuerdo encaja con su doctrina de autonomía estratégica, la India negocia simultáneamente con Occidente, gestiona relaciones con Moscú, compite con China y evita alianzas rígidas, este pacto refuerza su diversificación sin comprometer su margen de maniobra; consolida su papel como potencia bisagra del siglo XXI en un sistema multipolar incipiente.
La diplomacia europea llega tarde, pero no fuera de tiempo, el mundo que emerge no premia la centralidad heredada, sino la lectura precisa del mapa del poder y la capacidad de adaptación, la apuesta por la India revela que Bruselas ha entendido que en el nuevo siglo quien no teje alianzas estratégicas fuera de su zona de confort termina convertido en espectador del orden que otros diseñan.
Europa parece haber decidido que aún no quiere ser solo eso.








