Por Armando González Romero
La democracia mexicana se encuentra en un punto de no retorno. Durante décadas, el pacto de impunidad entre el poder económico y el poder político permitió la consolidación de feudos que se creían intocables. Hoy, el caso de Ricardo Salinas Pliego no es solo un expediente fiscal de más de 63 mil millones de pesos; es el recordatorio de un imperio construido sobre el tráfico de influencias, el despojo y la violencia.
El origen de un imperio bajo sospecha.
Pa ra entender la soberbia actual del dueño de Grupo Salinas, hay que mirar haciaatrás, al pecado original de su riqueza. TV Azteca no nació de la libre competencia, sino del compadrazgo neoliberal más rancio.
En 1993, Salinas Pliego adquirió el paquete de medios de Imevisión gracias a un “préstamo” de 29 millones de dólares otorgado por Raúl Salinas de Gortari, el “hermano incómodo” del entonces presidente.
Ese dinero, de procedencia cuestionable y que según diversas investigaciones nunca fue devuelto en su totalidad, fue la semilla de un consorcio que creció al amparo de la sombra de Carlos Salinas de Gortari.
Desde su origen, el magnate ha confundido el éxito empresarial con el favor político, asumiendo que las leyes son obstáculos que se pueden saltar con una llamada a Los Pinos o, ahora, con un tuit incendiario.
La memoria de la violencia: El “Chiquihuitazo”
La historia de Salinas Pliego no solo está manchada de opacidad financiera, sino de violencia física. No podemos olvidar el fatídico diciembre de 2002, cuando el empresario, en lugar de dirimir una disputa legal en los tribunales, decidió tomar la justicia por su mano. Aquella madrugada, un comando de hombres encapuchados y armados tomó por asalto las instalaciones de CNI Canal 40 en el Cerro del Chiquihuite.
Ese acto de paramilitarismo mediático, donde se expulsó a trabajadores y se secuestró la señal por la fuerza, fue la cara más cruda de su desprecio por el Estado de Derecho. Si hace dos décadas usó armas y capuchas para apropiarse de una señal, hoy usa algoritmos y noticias falsas para intentar secuestrar la voluntad popular. El método ha cambiado, pero el matonismo sigue siendo el mismo.
El secuestro de la señal pública y la desinformación Hoy, el plazo legal para pagar su deuda histórica con el SAT ha vencido. Al inicio de este 2026, la respuesta del magnate no es la responsabilidad ciudadana, sino el uso faccioso de la concesión que el Estado le otorgó. TV Azteca se ha transformado en una trinchera personal desde la cual se orquestan campañas de desinformación masiva.
Utilizar un bien de la nación —el espectro radioeléctrico— para fabricar noticias falsas, generar pánico económico y poner a la población en contra de las instituciones con el único fin de proteger una cartera personal, es una traición al interés público. La libertad de expresión es un derecho sagrado, pero el uso de una concesión pública para la sedición mediática y la evasión fiscal es un abuso que debe tener consecuencias.
Recuperar lo que es del pueblo: La Expropiación
Llegados a este punto, la pregunta es obligada: ¿Puede un Estado permitir que un concesionario que nació del privilegio salinista, que ha usado la violencia armada contra otros medios y que hoy asfixia al erario, siga administrando un bien nacional? La respuesta es un no rotundo.
La ley es clara. El incumplimiento sistemático de las obligaciones fiscales y el uso de la concesión para fines contrarios al bienestar general son causales de revocación. Expropiar la señal de TV Azteca no es un acto de autoritarismo; es un acto de justicia histórica. Es recuperar para el pueblo lo que se entregó mediante préstamos turbios y se defendió con encapuchados.
Es hora de que la señal pública regrese a manos que la usen para educar, informar y unir, no para extorsionar al Estado. La era de los “dueños de México” debe terminar. Nadie puede estar por encima de la ley, ni mucho menos usar los bienes de la nación para intentar arrodillarla. Es hora de cobrar la deuda, en pesos y en dignidad.
Usted amable lector tiene la mejor opinión y puede compartírmela por mis redes sociales donde me encuentro como Armando González Romero, nos leemos en la próxima.





