Por Michell Elizabeht Corona Luna
Recientemente el planeta ha sucumbido con la imparable fuerza de la naturaleza, recordándonos la fragilidad del ser humano y a los propios causantes del cambio climático. Fríos extremos en el norte del planeta y calor extremo en el sur de este mismo, huracanes formándose repentinamente y sequías a kilómetros de distancia, el planeta está exclamando la inminente llegada del cambio climático, mientras que los grandes capitalistas ignoran el presente.
Si bien es cierto que como sociedad todos tenemos responsabilidad del propio lugar en donde vivimos, nuestro sistema económico refleja un mayor problema, un monstruo que nació con el mercantilismo en el siglo XVI y que se transformó hasta el voraz capitalismo que poco a poco continua sofocando a nuestro hogar todo ello bajo un ideal estricto, Astudillo (2006) describe “ a fines de la edad media.
Los comerciantes empezaron a adquirir una gran importancia en todos los órdenes de la vida económica.
El primer capitalista fue el que usó el dinero como capital e inauguró el ciclo de dinero-mercancía dinero, es decir, el tráfico con fines de lucro.” (Pág.37). Es precisamente esta idea la que ha ido desarrollándose en todos los sentidos, las grandes cantidades de contaminación de las grandes empresas terminan justificándose bajo el propio lema con el que nació este sistema económico, mientras que los pensadores clásicos de la economía capitalista justificaron a ese mínimo porcentaje de personas con riqueza acumulada, ya lo decía Smith (1776) “Cuando hay grandes propiedades hay grandes desigualdades. Por cada hombre muy rico debe haber al menos quinientos pobres, y la opulencia de unos pocos supone la indigencia de muchos.” (Pág. 675).
Pero esta afirmación va más allá de únicamente teoría como lo enuncia el padre del capitalismo, recae en los brotes que genera esta desigualdad y a quienes afecta principalmente, por ejemplo en un huracán las viviendas más afectadas son las de la periferia, en una fuerte tormenta invernal las personas que perecen son las que no tienen acceso a una vivienda, en una catástrofe natural sobrevive el que tiene recurso acumulado, de este modo la lista continúa.
Desde principios del siglo XX y desde distintas aristas de la ciencia se venía advirtiendo de las consecuencias que se ocasionarían al no frenar estas grandes cantidades de contaminación, sin embargo decidieron seguir adelante como maquina sin freno, las consecuencias impactan e impactarán en la mayor parte de la población no perteneciente a ese mínimo porcentaje de la élite, la desigualdad económica juega un papel crucial al elegir quien vive y quien no.
Desde el anterior supuesto la securitazación juega un papel fundamental en la justificación de la invasión y la extracción de los propios recursos naturales, porque desde este propio principio siempre se busca decir a la población la terrible discursiva en la que se invade o libera a tal territorio en nombre de la democracia o peor aún del propio autoritarismo Delgado (2011) sostiene “La securitización de estos aspectos, lo energético, ambiental y humano es una cuestión delicada pues parte de la noción tradicional de seguridad, esto es, una noción construida desde y para el Estado que eventualmente podría requerir de la intervención de la fuerza “legítima” del Estado según sea el grado del riesgo e incertidumbre” (pág.12).
Lo anterior es preciso mencionar debido al grado de normalización en la que como sociedad hemos llegado a tener en cuanto al manejo de los recursos naturales, justificando a los responsables de esta alteración climática a gran escala. Aunque a finales del siglo XX iniciaron olas sociales para intentar frenar a los responsables de las grandes cantidades de contaminación, estos no cesaron lo suficiente, mientras que reflejar la destrucción a través de películas o series para concientizar a la población en masas paso a ser meramente entretenimiento, año tras año silenciosa y a la vez abruptamente se advirtió del inmensurable cambio climático.
Como población nos queda reflexionar que el tiempo de revertir absolutamente todo ha pasado, sin embargo, aún nos queda esa pequeña esencia de esperanza para concientizar a nuestros propios gobernantes y persuadir a los responsables de lo que se aproxima a fin de buscar un bien común, de todas formas, es preciso entender que más allá de las fronteras existe algo que nos une, y es nuestro hogar llamado tierra.





