Divorcio, cuando el “nosotros” se rompe.

Diana Sugey Mendoza

Por Diana Sugey Mendoza

En los últimos años, la tasa de divorcios ha ido en ascenso. Frente a ello, surgen múltiples explicaciones: que hoy las personas no son capaces de sostener compromisos a largo plazo, que existen más opciones y mayor facilidad para acceder a ellas, que las mujeres ya no están dispuestas a “aguantar” como antes, que el divorcio dejó de ser un tabú, que la independencia económica femenina permite decisiones más libres, o que si no somos felices tenemos derecho a buscar esa felicidad en otro lugar.

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Todas estas ideas contienen algo de verdad, pero también simplifican una realidad profundamente compleja. Detrás de cada divorcio hay una historia única, atravesada por expectativas, heridas, intentos, silencios y decisiones que rara vez pueden comprenderse desde fuera.

Lo que sí sabemos es que toda separación duele. Especialmente cuando se trata de un matrimonio. En algunos casos, parejas con pocos años juntas, sin hijos ni bienes compartidos, el proceso puede ser menos complejo en términos prácticos, aunque no por ello menos doloroso. Incluso quienes se divorcian al año o a los pocos años de casados atraviesan un duelo: no solo por la persona que se va, sino por el proyecto que no fue.

Pero ¿qué ocurre con las parejas que han compartido décadas? Con aquellas que han construido una vida entrelazada en cada detalle: la casa, las rutinas, los amigos, los hijos, los planes de jubilación, los recuerdos acumulados durante treinta o más años. ¿Qué sucede cuando, después de tanto tiempo, uno de los dos decide irse en busca de un bienestar distinto? El impacto emocional puede ser devastador. No solo se pierde a la pareja; se tambalea la identidad, porque durante años el “yo” estuvo profundamente vinculado al “nosotros”.

Surge entonces una pregunta inevitable: ¿quién sufre más? ¿La persona que se va, la que se queda, o los hijos? Es difícil establecer comparaciones. El dolor es una experiencia subjetiva; cada quien lo vive desde su historia, sus recursos emocionales y las circunstancias que rodean la ruptura. A veces quien se va también carga con culpa, ambivalencia y miedo. Quien se queda puede experimentar abandono, traición o una profunda sensación de vacío. Y los hijos, dependiendo de su edad y del manejo del conflicto, pueden sentirse confundidos, divididos o responsables de algo que nunca les correspondió.

Desde una perspectiva psicológica, el divorcio implica un proceso de duelo. Se pierde la relación, pero también la narrativa de futuro que se había construido. Aparecen preguntas difíciles: ¿cómo comenzar de nuevo? ¿Cómo reorganizar la vida cuando giraba en torno a esa persona? ¿Qué hacer con el tiempo, con los espacios compartidos, con los recuerdos y los sueños que ya no se cumplirán? ¿Qué hacer con el silencio que queda y con las preguntas sin respuesta?

Una de las tareas más complejas después del divorcio es el reencuentro con uno mismo. Redefinir la identidad, reconstruir redes de apoyo, encontrar nuevas fuentes de sentido. Esto no sucede de la noche a la mañana. Es un proceso que requiere tiempo, acompañamiento y, sobre todo, autocompasión. No se trata de negar el dolor, sino de atravesarlo.

Quizá la reflexión más humana sea reconocer que las relaciones cambian porque las personas cambian. A veces separarse es una forma de cuidarse; otras veces es una consecuencia de no haber sabido cuidarse a tiempo. En cualquier caso, detrás de cada divorcio hay sufrimiento, pero también la posibilidad, aunque no se vea al inicio, de crecimiento y resignificación.

El desafío no es determinar quién sufre más, sino cómo acompañar mejor ese sufrimiento. Porque, al final, más allá de estadísticas y juicios sociales, estamos hablando de historias humanas que merecen comprensión, respeto y profundidad.

Sugey Mendoza
Columnista
La Maestra Diana Sugey Mendoza Cital es Licenciada en Psicología y se ha desempeñado con gran compromiso en distintos ámbitos de la formación, atención y reflexión psicológica. Actualmente, coordina el área de Psicología en la Unidad de Bienestar Universitario de la Universidad Autónoma de Sinaloa. Es también docente en la Facultad de Psicología. Cuenta con una sólida formación académica complementada con diplomados en Psicología Clínica, Psuiquiatria y salud Mental y Actualización en Docencia. Su formación de posgrado incluye una Maestría en Investigación Educativa. Ha colaborado en libros como títulados "Des-centramientos sobre la panadería desde la postpandemia" e "Interdisciplinariedad en educación". Y autora del libro Efectos de la ausencia del padre en la singularidad de la infancia.

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