Por Alfredo Inzunza
- Washington intensifica la contención geoeconómica de China en América Latina, combinando presión comercial, diplomacia y alianzas estratégicas para redefinir su primacía hemisférica en un mundo multipolar.
A más de dos siglos de la proclamación original de la Doctrina Monroe, la política exterior de Estados Unidos en 2026 da señales claras de una reinterpretación pragmática y multifacética de esa lógica histórica: un intento deliberado de contener la expansión de potencias extrarregionales en el hemisferio occidental, con especial atención en el avance de China, esta “Doctrina Monroe 2.0” deja de ser retórica para convertirse en herramienta de geoeconomía práctica, combinando diplomacia, presión económica, seguridad y alianzas regionales para proteger lo que Washington percibe como su “espacio estratégico natural”.
Mientras China ha consolidado su lugar como principal socio comercial de varias economías latinoamericanas (Brasil y Chile) mediante infraestructura, inversión y acuerdos comerciales, la administración estadounidense ha intensificado maniobras para revertir o limitar esa influencia, un caso paradigmático es el Puerto de Chancay en Perú, operado por la estatal COSCO Shipping Ports y concebido por Pekín como parte de un corredor marítimo-terrestre con Asia. Desde Washington, este nodo estratégico se percibe como más que infraestructura logística: es un potencial multiplicador de influencia china que podría modificar dinámicas comerciales y políticas en la región.
La respuesta estadounidense ha sido multifrontal, en Panamá, la administración presionó por el retiro del país de la Belt and Road Initiative y celebró decisiones judiciales que pusieron en jaque contratos portuarios vinculados a capital chino, en lo que ha sido interpretado como una campaña para reconfigurar preferencias estratégicas regionales, paralelamente, la intervención estadounidense en Venezuela, incluida la destitución de Nicolás Maduro (quien mantenía vínculos importantes con Pekín) ha sido presentada por la Casa Blanca como un paso para contrarrestar la influencia de China y Rusia en un país rico en recursos energéticos.
Este enfoque no se limita a “bloquear” a China, sino también a probar hasta dónde puede llegar Pekín sin desencadenar una confrontación mayor dentro de lo que Washington considera su esfera hemisférica, esa evaluación estratégica de límites no es nueva: históricamente, la política estadounidense se ha moldeado bajo la premisa de que el control de recursos, rutas y nodos logísticos en su vecindad es esencial para su proyección global, sin embargo, la forma y las herramientas (como aranceles, sanciones, presión diplomática y acuerdos multilaterales revisados) reflejan un uso novedoso de medios económicos y regulatorios que amalgaman seguridad y prosperidad.
Un componente clave en esta contención es el Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC), aunque no menciona explícitamente a China, sus reglas de origen estrictas y disposiciones relacionadas con economías no de mercado configuran incentivos que limitan la integración de contenido chino en cadenas productivas regionales, este efecto indirecto reduce la posibilidad de que países como México se conviertan en plataformas de triangulación para productos asiáticos hacia América del Norte, reforzando la primacía comercial estadounidense en su propio vecindario.
La percepción de una “Doctrina Monroe 2.0” ha generado reacciones encontradas en la región, desde Beijing, altos funcionarios han rechazado la idea de que la presencia china en Latinoamérica represente una expansión imperial o la búsqueda de “esferas de influencia”, subrayando que los países de la región buscan independencia y autonomía y calificando de infundadas las acusaciones de control geopolítico chino sobre infraestructuras como el Canal de Panamá, esta narrativa choca con la visión estratégica estadounidense, que identifica la presencia china en minería, tecnología, energía y logística como un desafío estructural a su hegemonía histórica en la región.
El hemisferio occidental, en efecto, ha dejado de ser un “traspatio” tranquilo para convertirse en un campo de competencia geoeconómica intensa, Estados Unidos utiliza no solo la política comercial y militar, sino también alianzas tecnológicas, inversión en infraestructura y coordinación diplomática para consolidar su posición, el resultado es una dinámica binaria, donde los países latinoamericanos se enfrentan a una disyuntiva compleja: equilibrar las ventajas económicas de la cooperación con Pekín con las presiones estratégicas de Washington, un fenómeno evidente incluso en países con relaciones económicas fuertes con China.
Esta contención estratégica tiene implicaciones más allá de América Latina, su impacto se entrelaza con la agenda global de Washington en Asia, por un lado, la administración estadounidense ha fortalecido lazos con Japón, como quedó de manifiesto con la próxima visita de la primera ministra Sanae Takaichi, centrada en cooperación económica, tecnológica y de seguridad, especialmente en áreas de tierras raras y semiconductores, que son claves para las cadenas de suministro globales, este eje se ve como un contrapeso a la expansión china en el Indo-Pacífico y un sostén para la defensa de Taiwán, cuya estabilidad tecnológica es vista como linchamiento del poder económico occidental en el siglo XXI.
Al mismo tiempo, la administración estadounidense cursa la preparación de una reunión de alto nivel entre el presidente Donald Trump y Xi Jinping, ese encuentro, previsto para abril, adquiere un significado doble: por un lado, es un intento de gestionar tensiones estructurales sin caer en confrontación abierta; por otro, es una oportunidad para delinear cómo se equilibrarán las prioridades hemisféricas con las prioridades globales, especialmente en temas de comercio, tecnología y seguridad regional.
En definitiva, la así llamada “Doctrina Monroe 2.0” no es un retorno literal al aislacionismo del siglo XIX, sino una adaptación estratégica a un mundo multipolar donde la influencia económica es, a la vez, prerrequisito y proyección del poder, la contención de China en América Latina (mediante reglas comerciales, diplomacia coercitiva y alianzas tecnológicas) refleja una lectura de largo plazo: quien controle los nodos críticos de infraestructura y cadena de valor en la región tendrá ventaja en la competencia global del siglo XXI, y mientras Washington reconfigura su hegemonía en el hemisferio, el equilibrio entre autonomía regional y dependencia estratégica seguirá siendo un punto de fricción central en la política internacional contemporánea.


