Mitigar no es regenerar

Por Natalia Aguilar

En 2019, el Juzgado Séptimo de Distrito en el Estado de Sinaloa resolvió que la planta de amoníaco en Topolobampo no causaría daños irreparables al sistema lagunar Santa María–Topolobampo–Ohuira. Incluso sostuvo que podría coadyuvar a su regeneración y preservación.

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Regeneración. La palabra pesa. Sobre todo cuando hablamos de un humedal reconocido bajo la Convención Ramsar, un ecosistema que sostiene pesca ribereña, ciclos de crianza de camarón, aves migratorias y dinámicas hidrológicas delicadas. No es un espacio vacío esperando inversión, es un sistema vivo.

La autorización ambiental fue otorgada por la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (SEMARNAT), bajo el modelo clásico: estudio de impacto, identificación de riesgos, condicionantes, medidas de mitigación. En el papel, el proyecto no genera un “desastre ecológico”. Y mientras no haya desastre, el sistema jurídico tiende a considerar que el impacto es administrable.

Pero aquí está el punto incómodo: mitigar no es regenerar.

Mitigar significa reducir daños, compensarlos, controlarlos. Regenerar implica mejorar procesos ecológicos, fortalecer resiliencia, restaurar equilibrios. No son sinónimos técnicos, por lo tanto no deberían serlo políticos tampoco.

El propio proyecto reconoce escenarios de riesgo ante fugas de amoníaco. La región depende económicamente de la pesca y del equilibrio del sistema lagunar. Y aun así, la narrativa institucional es que las condicionantes son suficientes.

Entonces la pregunta no es si la planta “va a destruir todo”. La pregunta es más profunda: ¿cuándo empezamos a medir el éxito ambiental por la ausencia de catástrofe?

Porque el deterioro casi nunca llega en forma de explosión. Llega en forma de cambios acumulativos: alteración en la calidad del agua, modificación en corrientes, presión adicional sobre especies sensibles, todo de forma gradual. 

Y cuando esos cambios se normalizan, el discurso se ajusta. Ya no hablamos de preservar intacto un ecosistema, sino de gestionarlo. De compensarlo y de hacerlo compatible.

Topolobampo no es solo una discusión sobre fertilizantes o empleos. Es una conversación sobre qué entendemos por desarrollo en territorios ecológicamente estratégicos. Sobre cuánto riesgo estamos dispuestos a asumir en nombre de la competitividad. Sobre quién decide que el equilibrio puede transformarse sin romperse.

Si regenerar significa simplemente evitar que las cosas empeoren, entonces hemos bajado mucho la vara.

Y tal vez esa sea la discusión que necesitamos abrir:
¿Queremos proyectos que “no colapsen” los ecosistemas? ¿O queremos políticas que realmente los fortalezcan?

Porque en temas ambientales, conformarnos con que no haya desastre ya es, en sí mismo, una decisión política.

Natalia Aguilar
Columnista
Residente de la Madre Tierra | Ambientóloga | Fundadora de IACS Ingenieria Ambiental y Consultoria Sostenible

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