Por Alfredo Inzunza
Cuando la asegurabilidad del tránsito se desvanece, el riesgo geopolítico se convierte en prima financiera: el Estrecho de Ormuz no solo transporta petróleo, transporta estabilidad macroeconómica, y su vulnerabilidad redefine precios, monedas e inflación a escala global.
Cuando la tensión geopolítica se posa sobre el Golfo Pérsico, el mercado no espera a que caiga el primer misil: basta con que se ponga en duda la asegurabilidad del tránsito para que el comercio se detenga.
Eso es exactamente lo que ocurre hoy en el Estrecho de Ormuz, el cuello de botella por donde circula cerca de una quinta parte del consumo mundial de petróleo, en cuanto Teherán insinuó su cierre y elevó las amenazas sobre la navegación, aseguradoras y navieras ajustaron primas, recortaron coberturas y frenaron cruces, la geopolítica se tradujo, de inmediato, en geoeconomía.
Ormuz no es simplemente un paso marítimo angosto entre Irán y Omán que conecta el Golfo Pérsico con el mar Arábigo; es la arteria crítica del metabolismo energético global, en 2024 promedió flujos cercanos a 20 millones de barriles diarios, y aun en 2025 el crudo y condensado que lo atravesaron rondaron los 16.7 millones, sus carriles (de apenas tres kilómetros por sentido) concentran una densidad logística que el sistema internacional no puede sustituir con rapidez, la alternativa terrestre es limitada: oleoductos saudíes y emiratíes operan con escasa holgura y apenas permitirían desviar una fracción del volumen habitual, en términos estructurales, no existe reemplazo inmediato para Ormuz.
El mapa de destino confirma la dimensión estratégica, cerca de 84% del crudo y condensado, y 83% del gas natural licuado que cruzan el estrecho, se dirigen a Asia. China, India, Japón y Corea del Sur concentran la mayor parte de esos flujos, del lado de la oferta, Arabia Saudita explica más de un tercio del crudo que transita por Ormuz, es, por tanto, un punto de convergencia entre los grandes productores del Golfo y los grandes consumidores asiáticos: una interdependencia crítica encapsulada en un corredor vulnerable.
Los mercados reaccionaron con lógica implacable, el Brent superó momentáneamente los 82 dólares por barril antes de estabilizarse en la zona de 77; el West Texas Intermediate cerró alrededor de 71 dólares con un alza diaria superior al 6%. Más violenta aún fue la respuesta del gas europeo: el TTF se disparó ante la posibilidad de interrupciones en embarques desde Qatar, la señal es clara: el precio no solo incorpora oferta y demanda, sino riesgo geopolítico y fricción logística.
La logística amplificó el choque, decenas de tanqueros fondeados en el Golfo, caída abrupta en los cruces y costos de flete hacia Asia multiplicándose varias veces, cuando el seguro de guerra se encarece o se retira, el barril sube incluso antes de salir del puerto, ese sobrecosto se filtra con rapidez a combustibles, transporte e inflación, especialmente en economías importadoras, las geofinanzas entran en escena: monedas presionadas, primas de riesgo soberanas al alza y bancos centrales enfrentando un dilema entre inflación importada y crecimiento debilitado.
Asia absorbe el impacto directo por su dependencia física; Europa lo hace por el canal del gas y la sensibilidad inflacionaria, Estados Unidos, con menor exposición directa a importaciones del Golfo, tampoco queda inmune: el precio doméstico sigue la referencia global, América Latina, aunque geográficamente distante, siente el efecto vía precios internacionales, fletes y tipo de cambio, incluso sectores menos visibles, como fertilizantes y agroinsumos (cerca de un tercio del comercio mundial pasa por Ormuz), pueden trasladar presión a alimentos si la disrupción persiste.
En términos de geoeconomía estratégica, Ormuz demuestra que la globalización energética no es plana sino concentrada, un corredor de pocos kilómetros condiciona el equilibrio macroeconómico de Asia, la estabilidad inflacionaria europea y las expectativas de crecimiento global, el episodio actual revela que el verdadero poder no siempre reside en el volumen producido, sino en el punto de estrangulamiento que articula oferta y demanda.
Mientras el tránsito no recupere normalidad y asegurabilidad a costos razonables, Ormuz seguirá fijando el tono de los mercados, sii el flujo se estabiliza, la prima de riesgo retrocederá y el foco volverá a inventarios y crecimiento, pero si persisten fondeos, primas elevadas y desvíos, el mundo enfrentará un impuesto geopolítico encubierto: energía más cara, gas más volátil y alimentos presionados.
En última instancia, Ormuz no es solo un estrecho; es el recordatorio de que la arquitectura energética global descansa sobre nodos frágiles. Cuando uno de ellos tiembla, el planeta entero ajusta precios, expectativas y estrategias. Esa es la verdadera dimensión del riesgo actual: no un bloqueo formal, sino la erosión silenciosa de la confianza que mantiene en movimiento a la economía mundial.


