Por Armando González Romero.
La historia nos ha enseñado que cuando las potencias juegan al ajedrez en Medio Oriente, el tablero siempre tiembla en América Latina. Esta semana, el mundo despertó con una lluvia de misiles sobre Israel e Irán que marca un punto de no retorno. No es una “guerra lejana” de la que podamos ser espectadores; es un incendio global cuyas chispas ya están aterrizando en la canasta básica de las familias mexicanas.
Como generación política que creció en la era de la interconexión, entendemos que la soberanía no es solo una bandera: es la capacidad de proteger a nuestro pueblo de las crisis que otros provocan. Mientras el Estrecho de Ormuz se convierte en un candado energético bajo la amenaza iraní, el precio del barril de petróleo juega a la ruleta rusa.
Y aunque México es exportador, la realidad nos golpea donde más duele: la inflación de los productos que importamos y el costo de los insumos que mueven nuestro país. La paz no es un deseo, es una necesidad soberana.
Desde la izquierda, nuestra postura debe ser tajante: el militarismo es el negocio de unos cuantos y la tragedia de las mayorías. No podemos permitir que la narrativa de “la guerra necesaria” nuble nuestro juicio. Lo que vemos hoy es el fracaso de una diplomacia rancia y el triunfo de un complejo industrial-militar que se enriquece mientras el mundo tiembla.
Para México, el impacto es doble. Por un lado, la presión económica de una energía cara. Por otro, la presión política de un vecino al norte, Donald Trump, que utiliza cada conflicto externo para alimentar su retórica de fronteras cerradas y nacionalismo excluyente. Su intención de renombrar nuestro Golfo de México como “Golfo de América” no es una anécdota; es el síntoma de una visión imperialista que pretende tratarnos como su patio trasero mientras el mundo se desmorona.
Nuestra ruta: Autonomía y Solidaridad
¿Qué nos toca hacer a nosotros? Primero, dejar de ser espectadores. México debe liderar, junto al Sur Global, una exigencia de cese al fuego inmediato. No por ingenuidad, sino por supervivencia. Segundo, acelerar nuestra soberanía energética.
Cada paso que damos hacia la autosuficiencia es un escudo contra la volatilidad de un Medio Oriente en llamas.
La política exterior ya no ocurre solo en los salones de la ONU; ocurre en el precio del transporte que tomas para ir a trabajar y en el costo de la comida que pones en tu mesa. Si no somos capaces de cuestionar la lógica de la guerra, terminaremos pagando —literal y figuradamente— los platos rotos de una hegemonía que ya no nos representa.
Es momento de una política que ponga la vida por encima de los mapas estratégicos.
Porque al final del día, las bombas que caen allá, explotan económicamente aquí. Y no estamos dispuestos a que nuestra estabilidad sea el daño colateral de nadie.
Usted amable lector tiene la mejor opinión y puede compartírmela por mis redes sociales donde me encuentro como Armando González Romero, nos leemos en la próxima.


