Por Miguel Vicente
En la serie ‘Designated Survival’, una explosión destruye el Capitolio de Estados Unidos durante el discurso presidencial. En segundos desaparece toda la estructura visible del poder. El único sobreviviente del gabinete —un funcionario secundario, distante de los grandes círculos de decisión— debe asumir la presidencia de la nación.
Aunque parece ficción, la política real suele producir sus propios “sobrevivientes designados”.
No siempre llegan al poder los más fuertes, los más preparados o los más populares. A veces llegan quienes simplemente permanecieron de pie cuando todo alrededor comenzó a derrumbarse. Y cuando eso ocurre, la política deja de ser espectáculo, estrategia electoral o disputa partidista para convertirse en una responsabilidad histórica.
Porque existen gobiernos que administran estabilidad, pero también existen gobiernos que administran crisis. Hay liderazgos que nacen en tiempos de bonanza y otros que emergen entre la incertidumbre, el desgaste institucional, la polarización y la desconfianza social. En esos momentos, gobernar deja de significar únicamente ejercer el poder y llevar una agenda; significa sostener al Estado para evitar que el vacío termine destruyendo la poca confianza que todavía queda.
Esa es quizá la metáfora más poderosa: el verdadero liderazgo no siempre nace de la ambición, sino de la necesidad histórica. Pero para soportar ese peso, primero hay que entender que quien llega así no tiene lugar para sentirse cómodo, sino para resistir el poder.
Y esa tarea casi siempre se realiza en soledad.
La política suele romantizar el poder, pero rara vez habla del peso que implica ejercerlo cuando el margen de error desaparece. En tiempos de crisis, las decisiones dejan de ser cómodas. Cada palabra tiene consecuencias, cada silencio genera incertidumbre y cada acción es observada bajo una presión permanente.
Por eso existe una enorme diferencia entre ocupar una posición y sostener una institución.
No todos entienden que las instituciones democráticas son más importantes que las coyunturas, los afectos personales o las lealtades momentáneas. Y ahí es donde comienzan muchas tragedias políticas: cuando se cree que la cercanía vale más que la capacidad, que la obediencia vale más que la experiencia y que rodearse únicamente de incondicionales garantiza estabilidad.
No es así.
El vacío no se llena con allegados. De hecho, muchas veces es precisamente eso lo que provoca el caos.
Por eso, aunque nadie confíe completamente en la, o el ‘sobreviviente designado’, debe aprender a escuchar incluso aquello que le incomoda. No alejarse del ruido; entenderlo. No dejarse endulzar por opiniones cortoplacistas ni por quienes solamente le dicen lo que quiere escuchar, porque en ocasiones esa es la causa del problema que hoy enfrenta.
Cuando las presiones aumentan, ahí sí, libere el peso con el círculo de confianza, pero jamás confunda confianza con sumisión, o lealtad con experiencia, o seguridad personal con estabilidad gubernamental.
Nunca olvide que cada decisión tiene un costo. Y que, muchas veces, ese costo termina siendo su propio futuro, el poder dura poco y la vida sin poder dura mucho.
Habrá días en los que sentirá que el poder le pertenece. Ahí será cuando más debe recordar que el poder no es propiedad de nadie. Apenas es un préstamo temporal sostenido por la legitimidad, y pon atención en esta última palabra.
Tatúate esta idea: la legitimidad importa más que la fuerza.
El poder debe tener límites. Gobernar no es solamente mandar; es escuchar. Podrá tener el cargo, la estructura, los recursos y hasta el escenario completo servido en bandeja de plata, pero si no construye legitimidad, tarde o temprano nadie le tomará realmente en serio.
Porque toda generación política enfrenta su propio momento de incertidumbre: ese instante donde ya no importa quién tenía el mejor papel, la estructura más grande o la estrategia más sofisticada, sino quién es capaz de mantener de pie las instituciones mientras todo alrededor atraviesa una tormenta.
Y quizá ahí se encuentra la definición más profunda de gobernar: no conquistar el poder, sino impedir que el vacío lo destruya todo.
Y en ese vacío, siempre hay un sobreviviente designado, hoy eres tú, pero mañana puede ser otro, u otra.
Nos vemos en la próxima.
Miguel Vicente


