¿México está perdiendo su soberanía?.

Uriel Alcántara

Por Uriel Alcantara

El problema no es que México negocie con Estados Unidos. El problema es cuánto margen le queda para decir que no. Hay palabras que en México se pronuncian con facilidad y se defienden con mucha dificultad. Una de ellas es soberanía. Cada vez que Estados Unidos presiona a México en materia de seguridad, migración o comercio, aparece la misma respuesta: México es un país soberano y no acepta subordinaciones.

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Y, jurídicamente, es cierto. Pero la pregunta importante no es solamente si México sigue siendo soberano sobre el papel. La pregunta es otra: ¿cuánta capacidad tiene realmente para ejercer esa soberanía cuando sus principales vulnerabilidades están precisamente frente a Estados Unidos? México tiene una economía profundamente integrada con su vecino del norte. En enero de 2025, el 83.8% de las exportaciones no petroleras mexicanas tuvieron como destino Estados Unidos. Eso no es necesariamente una debilidad.

Al contrario, la integración comercial con Estados Unidos ha sido una de las grandes ventajas económicas de México. El problema aparece cuando una relación comercial tan profunda empieza a mezclarse con asuntos de seguridad, migración y política exterior. Entonces cambia la pregunta. Ya no se trata solamente de cuánto vendemos. Se trata de qué estamos dispuestos a conceder para conservar ese acceso. La revisión del T-MEC es un buen ejemplo.

El acuerdo permanece vigente hasta 2036, pero México enfrenta un proceso de revisión en el que se discuten asuntos que van mucho más allá de una simple negociación comercial. Y mientras México negocia, Estados Unidos tiene algo que México no posee en la misma proporción: capacidad de presión. Puede modificar aranceles, endurecer controles fronterizos y utilizar el tamaño de su mercado como herramienta de negociación. México también tiene instrumentos de presión, pero no tienen el mismo peso. Dos países pueden sentarse en la misma mesa y, aun así, no tener el mismo poder. En seguridad ocurre algo parecido. México necesita cooperación con Estados Unidos.

Compartimos una frontera de más de 3,000 kilómetros y problemas que ningún gobierno puede resolver completamente por sí solo: tráfico de armas, narcotráfico, migración y crimen organizado. Cooperar no es una vergüenza. Al contrario: una política exterior inteligente sabe cuándo necesita aliados.

El problema comienza cuando la cooperación deja de ser una decisión soberana y se convierte en una necesidad imposible de rechazar. El gobierno mexicano ha insistido en que la cooperación con Estados Unidos debe realizarse sin subordinación y respetando la soberanía nacional. Ese principio es correcto. Pero los principios se ponen a prueba precisamente cuando defenderlos tiene un costo.

Es fácil decir que México es soberano cuando nadie está presionando. La verdadera prueba llega cuando Washington amenaza con utilizar su poder económico o político para conseguir algo que México no quiere conceder. Ahí veremos cuánto vale realmente nuestra soberanía. Y sería un error convertir esta discusión en una pelea entre “patriotas” y “vendepatrias”. México no necesita encerrarse en sí mismo para ser soberano. Tampoco necesita confrontar a Estados Unidos para demostrar dignidad.

Necesita algo mucho más difícil: tener alternativas. Un país que depende excesivamente de un solo mercado tiene menos margen de negociación. Un país que no desarrolla suficiente tecnología depende de quien la produce. Un país que no fortalece sus instituciones depende de acuerdos políticos. Un país que no resuelve sus problemas de seguridad termina necesitando que otros le ayuden a enfrentarlos. Por eso la defensa de la soberanía mexicana no debería consistir únicamente en pronunciar discursos nacionalistas cada vez que aparece una presión extranjera.

Debería consistir en construir las condiciones que permitan resistir esa presión: diversificar mercados, fortalecer nuestra economía, invertir en tecnología, profesionalizar nuestras instituciones y fortalecer nuestra política exterior. Porque quizá la soberanía no se pierde el día en que otro país decide por nosotros.

Quizá empieza a perderse mucho antes: el día en que nosotros mismos descubrimos que no podemos permitirnos decir que no. México todavía puede decir que no. La pregunta es cuánto tiempo más podrá hacerlo si no construye las condiciones para que ese “no” tenga consecuencias que esté dispuesto a soportar.

Uriel Alcantara
Columnista
Uriel Alcántara es estudiante de Relaciones Internacionales y Comercio Exterior, interesado en la política mexicana, la geopolítica, la política exterior y los asuntos públicos. Ha participado en espacios de formación y discusión política, así como en actividades relacionadas con derechos humanos. Desde una perspectiva joven e internacionalista, busca analizar el poder, cuestionar las decisiones públicas y aportar al debate político con argumentos, contexto y una mirada crítica.

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