Los parques como trincheras de paz.

Por Luis Ángel Guatimea.

En Culiacán, hemos aprendido que la violencia no solo se mide en cifras, sino también en los silencios de nuestras calles, en los parques vacíos al atardecer, en los restaurantes y comercios que cierran sus puertas. Nos duele ver a familias que ya no se animan a salir, niños que cambiaron la bicicleta por las redes sociales, señoras que dejaron sus clases de zumba o adultos mayores que dejaron de salir a caminar por miedo.

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Pero también sabemos que no todo está perdido. La historia de otras ciudades nos demuestra que la paz se construye desde abajo, con la comunidad como protagonista.

Culiacán enfrenta hoy momentos complejos, sí, pero también está dando señales claras de que la esperanza puede sembrarse. Ahí están los esfuerzos de colectivos como Parques Alegres y Los Despiertos, que han logrado organizar a los vecinos, plantar árboles, instalar juegos, ejercitadores y recuperar espacios públicos que parecían perdidos. Son ejemplos sencillos, pero poderosos.

El propio alcalde Juan de Dios Gámez Mendívil lo ha dicho: la tarea más urgente es reconstruir el tejido social. Y no se trata solo de operativos o patrullas, sino de iluminar parques, abrir canchas deportivas, dignificar colonias y devolver a la gente la confianza para convivir.

Un parque lleno de vida es la mejor muestra de que juntos podemos devolverle la esperanza a nuestra ciudad.

No es casualidad que en otros países el camino haya sido el mismo. Medellín, que en los 90 fue la ciudad más violenta del mundo, hoy es reconocida por su innovación social. Lo lograron con bibliotecas, parques y transporte público que conectó a comunidades marginadas con el resto de la ciudad. Glasgow, en Escocia, dejó de ser “capital del crimen” cuando trató la violencia como un problema de salud pública, ofreciendo a los jóvenes alternativas en el deporte, el arte y la educación.         

Cuando la comunidad se organiza y las autoridades acompañan, el miedo pierde terreno.

La violencia no se combate solo con fuerza, sino atendiendo sus raíces. La desigualdad, la falta de oportunidades, el abandono social. Programas y políticas públicas que pueden cambiar destinos enteros. Pero una buena política pública no sirve si la gente no se apropia de sus calles, de sus parques, de sus colonias. La paz no se decreta: se vive, se construye y se defiende desde la comunidad. Por eso la invitación es a que cada quien desde su trinchera haga la diferencia. Organizándonos con nuestros vecinos, sumándonos a asociaciones civiles, participando en colectivos o incluso en partidos políticos que acompañen estas causas. Lo importante es no quedarse al margen.      

Vamos imaginando un Culiacán donde al caer la tarde los parques se llenan de personas, donde los jóvenes encuentran en el deporte y la cultura un refugio ante a la drogadicción y la violencia, donde las familias se sienten seguras al caminar por su colonia. Ese futuro se construye cada día, con cada acción comunitaria y cada decisión política que pone a las personas en el centro.            

La violencia nos arrebató la confianza, pero juntos podemos recuperarla. Culiacán no se rinde. Y Sinaloa tampoco.     

Luis Ángel Guatimea
Columnista

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