La diplomacia del berrinche.

Por Américo Salazar Matrón

Hubo un tiempo, especialmente al término de la Segunda Guerra Mundial, en que la diplomacia se convirtió en un arte de Estado. Los diplomáticos se concibieron —con justa razón— como los constructores de un nuevo mundo, de un orden basado en la paz, la estabilidad, el derecho y la buena voluntad entre naciones.

Canal de whatsapp Politikmnte

Comprendieron, tal vez de la manera más cruda posible, que los conflictos escalan, que las amenazas son reales, y que el poder, en su ambición desmedida, puede llevar a la desgracia a miles —si no millones— de personas, sin distinguir religión, etnia, género o nacionalidad.

Ese espíritu fundó un sistema que, al menos en el papel, prevalece hasta hoy. Y sobre esa estabilidad, todos nosotros hemos construido nuestras vidas.

Sin embargo, las décadas de paz que hemos gozado se ven hoy amenazadas por fenómenos con ecos trágicos del pasado: gobiernos autoritarios, políticos populistas y discursos polarizantes que enfrentan a polos opuestos de la sociedad en una guerra simbólica y muchas veces infundada. Una guerra entre “ustedes y nosotros”, entre “ellos y aquellos”, entre buenos y malos, conservadores y liberales, progresismo y conservadurismo.

Estos discursos no son solo maquinaria electoral: son amenazas que se replican. No se quedan en los templetes ni se pierden en el eco de los micrófonos. Permean la sociedad, se incrustan en las calles, los hogares, las redes sociales. Generan ira, antipatía, rechazo. Envenenan la convivencia ciudadana.


Y hoy, a un cuarto del siglo XXI, cuando creíamos que las democracias se habían consolidado —si no en todo el mundo, al menos en buena parte—, descubrimos cuán frágil es el sistema que edificamos durante ochenta años.

Su estabilidad puede depender de una sola voz. Basta un político que no necesariamente sea hábil, pero sí lo suficientemente valiente como para detectar las grietas, explotarlas y usarlas a su favor. Y eso basta para fracturarlo todo.

Este diagnóstico no se limita a un país. México, Ecuador, Brasil, Argentina y, recientemente, Estados Unidos, pueden incluirse en este escenario. Todos ellos, democráticos, con sistemas jurídicos medianamente sólidos, pero que han encontrado en el enojo social el combustible para hacer política desde el odio, la frustración y el berrinche.

¿Y a qué me refiero con el término la diplomacia del berrinche? Me refiero a la voluntad unilateral, autócrata y agresiva de un líder político que impone —de forma desmedida, incomprendida y vulneradora— su visión de la sociedad al Estado que gobierna, tanto en el ámbito interno como en la política exterior. Una diplomacia en la que el diálogo es sustituido por la reacción impulsiva, el consenso por el grito, y el acuerdo por la amenaza. Es precisamente en este contexto donde la democracia se ve amenazada, no de forma abierta, sino entre aplausos complacientes al líder polarizante. Y el riesgo no se limita a la política interna. La erosión democrática afecta también al orden internacional: debilita la institucionalidad global, alimenta la incertidumbre, y coloca al mundo en una nueva arena de confrontación ideológica y política.

Llegados a este momento de inflexión histórica —cuando los diplomáticos del berrinche han tomado estructuras de poder en varios países—, surge la gran pregunta: ¿qué se puede hacer? caminos se abren.

El primero es la continuidad del berrinche: más países atrapados en esta lógica, más sociedades polarizadas, menos diálogo internacional, más imposición agresiva… hasta que la tensión estalle en un nuevo conflicto bélico global, que si no ha comenzado, no tarda en anunciarse.

El segundo camino es el fortalecimiento de la democracia. No como un simple mecanismo electoral -porque ha sido justamente esa vía la que ha legitimado a estos líderes—, sino como un estilo de vida político que reconoce a las mayorías, pero protege a las minorías. Una democracia entendida como concepto jurídico y político integrador, que no confronte las visiones del mundo, sino que las abrace.

Que apueste por un Estado multideológico, multidiverso, complejo y, precisamente por ello, enriquecedor.

Claro, la acción más difícil es la que se emprende. Y luchar por una democracia, aun cuando parece fallida, es una tarea ardua. Pero recordemos uno de los principios fundamentales de nuestra Constitución: el poder reside esencialmente en el pueblo. Es la ciudadanía quien, al final del día, decide si abrazar la polarización o la unidad.

Y para ello —para que seamos una ciudadanía consciente de los valores que, aunque distintos, nos hacen mexicanos— necesitamos desarrollar pensamiento crítico, humanista y un sentido filosófico profundo de lo que implican el gobierno, el poder y la idea misma de país.

Porque para combatir la diplomacia del berrinche, hay que pensar. Y en el escenario global actual, pensar —de forma crítica, valiente, radical— es quizá la más grande forma de rebeldía.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Biografía del autor. Trayectoria. Premios, lugares donde ha escrito y demás. 

CONTENIDOS

ARTÍCULO

LO QUE SIGUE
ÚNETE A NUESTRA CONVERSACIÓN

Suscríbete para recibir contenido exclusivo y no perderte ninguna actualización de nuestros columnistas.