7 dogmas neoliberales

Por: Adrián Espinosa de los Monteros

Un dogma es una creencia arraigada que no es cuestionada. Existen dogmas en diferentes ámbitos, aunque los religiosos son los más conocidos. Dentro de este tipo, se suele creer en la infalibilidad del papa o la doctrina de la inmaculada concepción de María, estos son dogmas católicos.

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Cuando se habla de un dogma, la idea es que quienes creen en ellos no pueden poner en duda el sistema de creencias. Esta es la base fundamental de una ideología. Son ideas no sujetas al cambio ni al consenso.

Sin embargo, el ámbito de la religión no es el único en el que se pueden insertar estas ideas preconcebidas. Los hay sociales, políticos y económicos. En cuanto a los económicos, cuando se analizan los principales dogmas neoliberales, salen a relucir algunos:

  1. La economía es una ciencia natural inmutable.
    En realidad, la economía es una ciencia social que analiza cómo las personas, empresas y gobiernos toman decisiones sobre el uso de recursos escasos. En la economía no hay leyes naturales e inmutables como en las ciencias naturales.

    Las decisiones económicas reflejan ideologías, intereses y disputas políticas.
  2. El crecimiento económico se logra de arriba hacia abajo.
    Si hay una teoría que está ampliamente desmentida es la teoría del goteo que propone que al reducir impuestos a los ricos y a las empresas, los beneficios de estas bajarán hasta la base de la piramide. La evidencia empírica está ahí.
  3. El mercado es el mecanismo más eficiente para la asignación de
    recursos
    .
    Académicos, periodistas e intelectuales, más los de izquierda que los de derecha por obvias razones, han analizado cómo el libre mercado en realidad es un monopolio o duopolio de empresas que acaparan los diversos sectores de la economía. No existe tal cosa como el libre mercado, es una fantasía.

    El Estado debe de estar ahí para corregir los desequilibrios y los desfases de un proceso falible. Tampoco existe tal cosa como la autorregulación ni la mano invisible.
  4. El Estado debe ser mínimo,
    Se promueve la idea de un Estado reducido en funciones, eficientar y desmantelar. Solo debe garantizar la seguridad, los contratos y la propiedad privada.

    Todo lo que no sea considerado esencial debe ser privatizado o tercerizado.
    Implicación práctica: recortes al gasto público, despidos en el sector estatal, y privatización de servicios públicos como educación, salud, agua, energía.
  5. La desregulación impulsa el crecimiento.
    Bajo esta lógica, el Estado estorba para impulsar el crecimiento infinito de la “libre empresa”, es decir se da vía libre para que aquellas empresas contaminantes lo puedan hacer sin obstáculos ni barreras, bajo la creencia de que el crecimiento es ilimitado y también lo son los recursos (ver “Los límites del crecimiento” del MIT, encargado por el Club de Roma).
  6. La economía va separada de la política.
    Según este dogma, la economía debe funcionar como un sistema técnico, objetivo y neutral, guiado por leyes “naturales” del mercado. Separar la economía de la política debilita la democracia: cuando se dice que “no hay alternativa” porque “lo dice la economía”, se despolitiza el debate público y se concentra el poder en tecnócratas o elites económicas no elegidas.
  7. No hay alternativa al capitalismo
    There is no alternative (TINA) dijo la infame Margaret Thatcher, cuando era primera ministra de Inglaterra. Esta frase oculta las alternativas: economía social, social democracia, capitalismo de Estado; mientras oculta las crisis cíclicas, la desigualdad extrema, la destrucción ambiental y el poder corporativo desmedido.

En este sentido, si hay una doctrina a nivel mundial que debería estar sujeta al escrutinio constante por parte de los ciudadanos, esa debería ser el liberalismo. Sin embargo, esto no está ocurriendo, a pesar de los malos resultados.

La narrativa dominante lo ha presentado como una verdad incuestionable, disfrazada de sentido común técnico y apolítico. Sus fracasos —desigualdad, precarización, crisis ambientales y financieras— son minimizados o atribuidos a errores puntuales, nunca al modelo en sí.

Mientras tanto, se cierran los espacios de debate real y se castiga cualquier alternativa como “populismo” o “irracionalidad económica”, siempre y cuando se trate de proyectos enmarcados en la soberanía de los países.

Cuestionar al liberalismo hoy no es una posición extrema, sino un acto necesario de responsabilidad democrática y social.

Adrián Espinosa de los Monteros Tatto
Columnista
Es licenciado en Comunicación por la Universidad de las Américas CDMX y maestrante en Estudios Políticos y Sociales por la Universidad Autónoma de Sinaloa, ha colaborado como articulista en los sitios Vida Pública, Cultura Colectiva y Milenio. Trabaja en comunicación digital y escribe sobre asuntos públicos, ideología, democracia, discurso, teoría política y económica.

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