Por Adrián Espinosa de Los Monteros
El Efecto Dunning-Kruger es un sesgo cognitivo por el cual las personas con conocimientos limitados sobreestiman sus habilidades, creyendo que saben más de lo que en realidad saben. Si se tratara de lo contrario estaríamos hablando del famoso Síndrome del Impostor, que es cuando subestimas tus propios conocimientos sobre determinado tema aunque realmente seas experto en la materia.
Pues bien, parecería que el primero está en tendencia. ¿Por qué? por la gran cantidad de creadores de contenido con podcasts y demás plataformas mediáticas, en donde comúnmente presenciamos este notable sesgo a la hora de opinar. Diría el periodista Raymundo Riva Palacio que la verdad es irrelevante, pero ese es el problema.
Porque cuando damos por sentado cualquier disparate que se dice en las redes sociales, ahí es donde aparece la post verdad, la manipulación mediática, la propaganda, la desinformación y los gurús que se creen con el rigor intelectual de decirle a la gente cómo actuar sin presentar la evidencia empírica.
Dicho este preámbulo, un ejemplo de ese Efecto Dunning-Kruger es la creadora de contenido político Natalia Torres, recientemente “cancelada” en redes sociales por comentar en un podcast que “no todos deberían de votar”, a lo que su interlocutor contestó frívolamente que “sí, ¿cómo va a valer lo mismo el voto de alguien con doctorado que el que no hace nada en todo el día?” y Natalia cerró con un muy seguro “sí, se deberían de hacer exámenes como requisito, o tomar un curso”
Es interesante notar lo popularizada que está en nuestra cultura política mexicana la noción de que a “mayor grado de estudios, más preparado/a estás para votar/eres una persona fiable para ejercer tu derecho al voto”. Me permitiría dudar de cuál es la correlación entre el grado de estudios y una “elección acertada”. ¿Qué escala de valores utilizaríamos para ese asunto? ¿Es medible un voto “correcto”?
Respecto a los temas electorales, hace poco leí un tweet del politólogo Elvin Calcaño, en el que resaltaba que el voto ideológico básicamente estaba perdido y que la gente votaba más por sus necesidades, que por una cuestión de adherir a valores, ideas o propuestas. Lo hacía a propósito de la elección presidencial colombiana, donde ganó el candidato conservador, Abelardo de la Espriella. Calcaño aseguraba que en realidad la decisión de voto se vincula con la conversación digital, el clima de sentimientos de un territorio y lo que para mí es la idea más importante del tweet: el ciudadano politizado está siendo sustituido por el consumidor de contenidos digitales. Ahí es donde aparecen los personajes como Torres.
Lo dejo para la reflexión, pero lo curioso de esta clase de “creadores” que pululan por el internet, en especial los que hacen contenido político de corte reaccionario, es que son los primeros en defender a la democracia como modelo al que todas las naciones deberían de aspirar y aún así tener la audacia de espetar la opinión más antidemocrática posible, que si se viera reflejada en política pública significaría un retraso de DÉCADAS de lucha por la conquista electoral, en especial para las mujeres.
Ellos señalan casi a manera de eslogan que defienden la democracia, pero por otro lado proponen regresar a la democracia ateniense donde solo los aptos, los hombres, los terratenientes y los “letrados” podían ejercer el voto. Una educación de calidad no necesariamente implica erudición. Estar informado no te libra de la propaganda. El voto tiene muchas más variables que reducir el voto “atinado” a una cuestión educacionista. Tampoco lo puedes condicionar a si recibes programas sociales, como propuso de manera no irónica Ricardo Salinas. No puedes porque está en la Constitución.
Porque de no haber ampliado la población sujeta al sufragio, nos hubiéramos estancado como sociedad. Votar es decidir sobre los destinos de la patria, dijo el General Perón, quien luchó junto a la mítica Eva Perón para impulsar el sufragio femenino allá en 1947, incorporando a millones de mujeres a la vida democrática argentina. Al contrario de lo propuesto por las voces más retrógradas, el voto no es ninguna dádiva ni concesión caritativa, más bien es un derecho que los pueblos han alcanzado incluso derramando sangre.
Por cierto, Norberto Bobbio señalaba que la democracia es fundamentalmente un conjunto de reglas procedimentales sobre quién toma las decisiones y cómo las toman. Bobbio acepta la promesa liberal de división de poderes y elecciones, pero es contundente al señalar que la democracia tiene promesas incumplidas, argumentando que el poder se concentra en las élites.
El caso de Torres nos debería obligar a recordar sobre la responsabilidad que tienen las personas públicas (y no públicas) a la hora de emitir una opinión. La libertad de expresión es sagrada (un valor burgués a final de cuentas) que se utiliza para denunciar abusos del poder y exigir cambios políticos, pero tiene límites bien establecidos.


