Cuando pase el temblor.

Por Adrián Espinosa.

Le había estado sacando la vuelta a escribir sobre asuntos personales, incluso en mi último texto dejé de escribir en primera persona para pasar a la tercera, tal vez de manera inconsciente o consciente quiero dejar mis asuntos privados por un lado y no sacarlos a la luz pública, al escrutinio de todos y todas, del Gran Hermano, del algoritmo de Instagram o del espía ruso que está leyendo esto.

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Tal vez porque he tenido cierta reticencia a enfrentarme a mi mismo estos últimos años o tiempos, sea por la razón que sea, han pasado 3 largos años – pandemia de por medio- desde que no escribo sobre mis emociones, sobre poesía, música o alguna cosa que eleve el alma. Y es cierto, la pandemia nos ha enclaustrado a todos en nosotros mismos, nos ha dejado incapacitados emocionalmente, sin la capacidad de procesar todo lo vivido en 2 años y pico: encierro, desgaste emocional, traumas, monotonía, incertidumbre del futuro.

En una de esas no escribir desde el yo es un mecanismo de defensa personal para evitar desbordarse de emoción en el papel, o en este caso, en la página de Word. Mientras escribo esto suena una canción de Cuco titulada “Lo que siento”, se siente como una melancolía México-Americana del autor que va muy ad hoc con el tono de este escrito.

Últimamente todo se siente muy lento, aburrido, borroso. Recuerdos de conversaciones a medias cuyos recipientes olvido. Hablan de acuerdos, banalidades, trabajo, amistad, relaciones, pero no logro recordarlas completamente, siempre se me escapa algo, se me escurre entre las manos, aunque, suelo no olvidar los detalles insignificantes.

He descubierto partes del cuerpo que no sabía tenían la capacidad de temblar, de moverse por sí mismas, como si quisieran manifestar algo de mi inconsciente o algo que yo no me he atrevido a decir. Me ha temblado tanto el ojo que pronostico que en unos días se me va a caer, bueno, mi consuelo es que en algo me pareceré a Bocelli o Borges.

La indiferencia es el principal mal de nuestro tiempo. No se acusa aquí a nadie, sin embargo nadie se salva tampoco, ni siquiera el autor. Pues bueno, no queda nada más que seguir navegando y scrolleando en esta modernidad liquida hasta que se me caigan ambos ojos de tanto temblor o hasta que la pantorrilla deje de estar inquieta. Incluso las manos me tiemblan de vez en cuando.

Al mismo tiempo, las miradas cada vez se vuelven más pesadas, más inquisidoras, como si demandaran una respuesta de algún asunto acordado telepáticamente o convenido a través del lenguaje corporal. Sufro del terrible mal de una aguzada percepción, si tan solo fuera extrasensorial y no mundana de las relaciones humanas egocéntricas. A veces se siente la tensión, pero nadie se atreve a terminar con ella. Está en el aire, en las palabras, en la indiferencia, en nuestro propio ensimismamiento, auto-sabotaje, etc.

Confieso que creo poseer un grado, aunque sea mínimo, de misantropía. Propulsada por el pensamiento mágico, el dogmatismo, los cambios en el lenguaje y en general la prevalencia de la emoción por sobre la razón, de la magia por sobre la ciencia. Y es que la única diferencia entre estas dos últimas es que la ciencia sí tiene capacidad de autocritica y de auto-reformar sus postulados, mientras que la magia solo se renueva a través de creencias, medias verdades o sesgos cognitivos.

Estamos en perpetua busca de reconocimiento, no tiene nada de malo. Medimos nuestra propia valía según el rasero de los demás, no sé qué tan mal hable de nosotros esta tendencia. La frustración se convierte en enojo y hacemos acreedores de ello a quienes menos pensamos. Creo firmemente que a este mundo venimos y nos vamos solos, por más que esto contravenga la positividad tóxica que está tan de moda en redes sociales. Vivimos por y a través de nosotros mismos, los demás son solo acompañantes.

Últimamente todo es muy efímero, todo pasa o muy rápido o muy lento. Se cuentan con la mano los momentos de regocijo banal o intelectual. Mi maldición es la nostalgia, pues casi todo lo veo a través de ella. Bajo esa lupa he encontrado cosas agradables y desagradables, recuerdos del pasado cercano o lejano que a veces se confunden y se mezclan hasta parecer lo mismo: “si no olvido, moriré”

Del mismo dolor vendrá un nuevo amanecer. Gustavo Cerati.

Adrián Espinosa de los Monteros Tatto
Columnista
Es licenciado en Comunicación por la Universidad de las Américas CDMX y maestrante en Estudios Políticos y Sociales por la Universidad Autónoma de Sinaloa, ha colaborado como articulista en los sitios Vida Pública, Cultura Colectiva y Milenio. Trabaja en comunicación digital y escribe sobre asuntos públicos, ideología, democracia, discurso, teoría política y económica.

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