Por Adrian Espinosa de Los Monteros
El idealismo es la teoría filosófica que antepone el mundo de las ideas antes que la realidad material al sostener que esta es intangible o inexperimentable. Esto dentro de los diferentes tipos de idealismos, ya que existen varios como el platonismo, el neoplatonismo o el kantiano.
En este sentido, la noción de participación ciudadana en Culiacán ha sido moldeada por el idealismo hegeliano que concibe al sujeto político como un individuo autónomo, educado y con tiempo disponible para la deliberación.
Por eso no comparto la perspectiva de que los culichis cometimos algún tipo de error para padecer esta situación que vivimos en el municipio, porque no solamente es victimizante sino individualizante, es decir: ignora las causas estructurales e incluso las variables económicas, sociales y globales que la producen.

Ni hablar de esa consigna de somos más los buenos, que recae en cuestiones de moral como si la situación se redujera a dogmas religiosos o un partido de fútbol. En general, estoy en desacuerdo con que la sociedad tenga algún tipo de responsabilidad en esta crisis de violencia.
Como si la gente pudiera transformar sus condiciones materiales (considerando la movilidad ascendente nula) apelando al pensamiento mágico heredado de la tradición liberal, como si los salarios no estuvieran estancados,como si el acceso a la vivienda fuera posible y como si la pobreza intergeneracional fuera una cuestión de voluntad.
En contraparte, el consenso que existe desde algunas organizaciones de la sociedad civil culichi es que si bien se tiene que responsabilizar a la autoridad (aka el Gobierno del Estado)uno como individuo también tendría que tomar acción para construir la paz con acciones y decisiones que fortalezcan la noción de ciudadanía. Bueno, eso está muy bien en teoría.
Sin embargo, repito: no ataca las causas estructurales. Otra debilidad que encuentro en estas organizaciones es que quieren impulsar la participación ciudadana desde una visión burguesa: enfatizan acciones personales más que la acción colectiva, se declaran apartidistas, pero reproducen la ideología de la clase dominante y no desafían el status quo: es más lo defienden, si no activamente desde la discursividad, la conformación o la simbología.
No he visto un solo taller ciudadano que señale cómo el narcotráfico creció con uno de sus mejores aliados: el neoliberalismo (no hay referencia a partidos porque se habla de este fenómeno como MODELO), cómo se aprovechó de la reducción de los controles estatales, de cómo la reducción del gasto público, la precarización laboral y la exclusión social facilitaron que amplios sectores vieran en el narcotráfico una vía de supervivencia.
Tampoco he visto que se enfatice cómo los mecanismos de consumo de la hipermodernidad atrofian a los ciudadanos y por ende debilitan los lazos familiares. No he visto perspectivas interseccionales o transversales. No he visto que hablen del individualismo producto de la primacía global del orden liberal-libertario.
A su vez, han brillado por su ausencia los análisis de que la modernidad líquida propuesta por Bauman encontró en el narcotráfico y la narco-cultura un gran aliado, en un contexto donde la autoridad simbólica ha perdido peso: ni la familia, ni el Estado, ni la iglesia. La hipermodernidad, la inmediatez y el hiperconsumo operan en la misma lógica que el n*rco: la del mercado.
En resumen: sería un buen paso para la sociedad culichi que esta conversación se abriera a todos los sectores para que realmente todas las voces puedan ser escuchadas y esto no se quede en una cámara de eco atravesada por un factor de clase.
Sí: más espacios, más foros, más talleres y más conferencias, pero con cuestionamientos a las estructuras profundas del poder económico, político o social en el marco de una participación ciudadana que vaya más allá de la cosmovisión de la clase media alta.





