Por Alberto Emerich
Una semana después tomaba el camión de regreso a casa. El clima estaba cambiando ligeramente y ahora necesitaba mi suéter únicamente por las mañanas, sin embargo lo que no cambiaba era la situación del transporte por la tarde; se seguía llenando hasta llegar al momento en que no era recomendable subir a más personas.
Hago énfasis en esto último para dar contexto y señalar que ese problema se resolvería poco después; seguramente quienes se encargan de las rutas de los autobuses en la zona realizaron algunos ajustes.
Desde hace algunas paradas la chofer no dejaba que nadie abordara, ella paraba y les decía: “Ya casi llega el otro camión, aquí estamos llenos; lo siento” y seguía con su camino, solo bajando a las personas que lo solicitaban con la intención de que el camión estuviera menos lleno y separarse del autobús que venía detrás pues se estaban juntando.

Cuando llegamos a la parada donde solía subirse nuestro protagonista no fue la excepción y la chofer hizo lo mismo. Ahora el joven afroamericano venía acompañado de lo que pienso era un amigo y se escucharon reclamos por parte de ambos mientras se cerraba la puerta; esta vez no metió el brazo para detenerla a pesar de que eran los primeros en la fila y el autobús siguió su curso. Fueron quizá diez minutos más en que la chofer continúo saltándose las paradas.
En esta ocasión no sucedió nada pero note algunas caras de alivio de personas que seguramente presenciaron lo ocurrido anteriormente. Muchos queríamos llegar a nuestro destino en cuanto antes.
Al día siguiente fue viernes y el autobús venia despejado. Llegamos a donde subía el joven y así fue; se incorporó al autobús con normalidad hasta el momento de pagar por su pasaje en donde en lugar de introducir el billete en la maquina que cobra lo dejo caer al suelo para después apurarse en tomar un asiento. Imagino que su prisa era precisamente para evitar a la chofer y por eso no pudo pagar de manera correcta o tal vez lo hizo a propósito; es lo de menos, ahí comenzó otra riña.
La chofer le pidió molesta (hasta cansada me pareció) que levantara el dólar y lo introdujera correctamente. Por supuesto, el joven se negó a hacerlo, reclamándole que el billete se encontraba más cerca de ella. Incluso el joven que se sentó frente me preguntaba que si el estaba en lo correcto, que el no había hecho nada mal. Solo voltee la cara. Era una discusión de niños.
El joven la llamo “racista” como en las ocasiones anteriores y cuando la discusión estaba apunto de tornarse racial otra vez se escuchó a un hombre decirle: “siempre haces lo mismo, esto no tiene nada que ver con eso”, lo cual no le agradó en nada y comenzó a insultarlo. A su vez, otro hombre se unió a la conversación (si es que se le puede llamar así) que se estaba generando y le dijo al joven que estaba confundiendo las cosas y que por favor pagará su pasaje; de igual manera fue insultado.

La chofer no perdió tiempo y llamó a la policía, esta vez no cometería el error de discutir tanto tiempo con él. Fue una coincidencia que de nueva cuenta llegará un camión detrás de nosotros justo en el momento en que se estaba levantando el reporte y se solicitaba el apoyo de las autoridades policiales para manejar la situación. El joven bajo del autobús, no sin antes maldecir a la chofer y a las dos personas que le hicieron saber su descontento.
Recuerdo que unos minutos después, cerca de mi destino, la chofer le preguntó al primer sujeto que confrontó al joven si podía declarar (la otra persona ya había bajado del camión) a lo cual le respondió amablemente que no, que tenía cosas que hacer.
Nunca supe si la denuncia se realizó, ni volví a ver a la chofer ni a aquel joven.
Evidentemente, se habrán dado cuenta que en ningún momento me pareció presenciar un acto de racismo por parte de la chofer, más bien vi a un joven molesto y agresivo que le es fácil confundir las situaciones o que quizá buscaba aprovecharse del momento por pertenecer a una comunidad tan históricamente golpeada, respaldado por una realidad racista que no podemos ocultar y que se vive en gran parte de los Estados Unidos y el mundo.

También es muy evidente que el racismo en Estados Unidos es gravísimo; como dato, el pasado agosto en Ginebra, el Comité para la Eliminación de la Discriminación Racial de las Naciones Unidas señaló, entre otros efectos negativos de las políticas estadounidenses que, la policía en los Estados Unidos mata personas indígenas, latinas y negras a tasas significativamente más altas, llegando a ser de una frecuencia 350 veces mayor que para la gente blanca. ¿Y qué hay de los tiroteos causados por supremacistas blancos en escuelas y centros religiosos de comunidades no blancas?
De cualquier manera, no podemos “vivir con la espada desenvainada” como alguna vez me comentó mi madre (hablando precisamente de discriminación y no solo racial), y esperar el momento para descargar el resentimiento social atorado en tu pecho con personas que están cumpliendo con su deber, como en este caso que les he contado.
No creo que la sociedad estadounidense en general deba sentirse culpable; pero quizá sí responsable de tratar de configurar su entorno social. Tampoco creo que cuando se presentan situaciones incómodas se tenga que resolver el problema tomando el color de piel como el factor principal del mismo o cualquier otro motivo que pueda convertirte en una persona vulnerable.
En ese caso ¿no estaría el joven afroamericano atacando a una persona perteneciente a un grupo que también ha sido históricamente vulnerable? Me refiero a las mujeres. Resisto en caer en ese discurso.
Pienso firmemente que no debemos infantilizar nuestro lente social y reducirlo a una batalla sin fin entre nuestras diferencias raciales y sexuales. Al final, todos tenemos más en común de lo que podríamos pensar y como adultos podemos comunicarnos con respeto cuando surgen conflictos, independientemente de lo que nos hace diferentes y únicos, aunque esto no cambia el hecho de que la discriminación en sus diversas formas exista y se deba combatir.


