Por Alfredo Inzunza
La confrontación entre Washington-Tel Aviv y Teherán llevó al cierre de Ormuz, lo cual sugiere una posible alza en los precios de los energéticos y un reactivamiento de la aversión al riesgo en los mercados financieros.
La ofensiva militar coordinada de Estados Unidos y Israel contra Irán (una acción denominada “Furia Épica” por Washington y “Rugido del León” por Tel Aviv) ha reconfigurado radicalmente el tablero de seguridad de Oriente Medio y planteado una nueva etapa de riesgos geopolíticos y geoeconómicos globales.
La causa inmediata de esta escalada es una acumulación histórica de tensiones: la rivalidad estratégica entre Teherán y sus vecinos, el apoyo de Irán a milicias como Hezbollah y su influencia en Siria y Yemen (percibida por Israel y Occidente como una amenaza directa a la seguridad regional), la incapacidad de sostener una diplomacia duradera que frenara el desarrollo de programas de misiles iraníes, etc.
La madrugada de este sábado marcó un punto de inflexión en Oriente Medio, el ataque coordinado de Estados Unidos e Israel contra objetivos en Irán no fue un episodio más de la larga guerra en la sombra: fue una señal estratégica, y como suele ocurrir en esta región, el mensaje no tardó en encontrar respuesta.
Los primeros impactos en Teherán, reportados en múltiples ciudades, introdujeron una dimensión inédita al conflicto, que se haya alcanzado (según versiones oficiales y material satelital) una residencia vinculada al líder supremo, Alí Jameneí, eleva el enfrentamiento a un plano simbólico y político mayor, no importa tanto si Jameneí se encontraba o no en el inmueble: el mensaje fue que ningún centro de poder está fuera del alcance.
Irán respondió como suele hacerlo cuando percibe una amenaza existencial: escalando horizontalmente el conflicto.
En cuestión de horas, Teherán cerró su espacio aéreo, decisión replicada por Irak y el propio Israel, que declaró el estado de emergencia, la región quedó virtualmente paralizada desde el aire, un primer síntoma de que la estabilidad logística es siempre la primera víctima de la guerra.
La represalia militar no se hizo esperar, misiles iraníes impactaron instalaciones estadounidenses en Kuwait, Qatar, Emiratos Árabes Unidos y Bahréin, además de nuevos lanzamientos dirigidos hacia Israel, con sirenas activadas en Tel Aviv, el gobierno de Benjamin Netanyahu presume intercepciones exitosas, pero en estos escenarios la pregunta relevante no es cuántos misiles caen, sino cuántos obligan a reaccionar.
La Marina del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica ha anunciado por radio VHF la prohibición total de cruce para buques en el estrecho de Ormuz, según informó Reuters.
El Estrecho de Ormuz, un corredor marítimo que canaliza cerca del 20% del petróleo mundial, se ha convertido en el epicentro de una posible crisis energética, ante la amenaza de interrupción o cierre de este paso estratégico, los mercados energéticos reaccionarian con ajustes considerables en los precios del petróleo.
Análisis de Bloomberg Economics advierten que el barril podría superar los 100 dólares y, en un escenario extremo, alcanzar los 108 dólares por barril, no hablamos solo de precios: hablamos de inflación importada, presión sobre bancos centrales y tensiones fiscales en economías ya debilitadas.
Además, actores no estatales vinculados a Irán, como los Hutíes en Yemen, han intensificado sus amenazas contra petroleros en aguas nacionales e internacionales del Mar Rojo y el Golfo de Adén, añadiendo una capa de riesgo asimétrico al transporte marítimo global que podría elevar los costos de seguro y reconfigurar las rutas comerciales esenciales.
En los mercados financieros, la aversión al riesgo asociada a esta escalada bélica, se traduce en movimientos hacia activos refugio como el oro, con inversionistas buscando protección frente a posibles shocks sistémicos.
La escalada entre Estados Unidos, Israel e Irán no emerge en el vacío; es el resultado de décadas de confrontaciones indirectas y rivalidades profundas, el ataque conjunto de Washington y Tel Aviv, sumado a la respuesta en múltiples frentes de Teherán, evidencia la fragilidad de los mecanismos tradicionales de contención y negociación diplomática en Oriente Medio.
Desde una perspectiva geoeconómica, la amenaza de interrupción de un corredor vital como Ormuz y la intensificación de ataques de grupos como los Hutíes reconfigura los costos y riesgos del comercio energético mundial, esta matriz no solo presiona al mercado petrolero: si persiste, podría amplificar la volatilidad de divisas, encender presiones inflacionarias importadas y orientar capitales hacia refugios financieros tradicionales.
La situación actual no es un episodio aislado; es un síntoma de tensiones estructurales profundas entre potencias y actores regionales con agendas, percepciones de seguridad y prioridades económicas distintas, la guerra abierta entre Irán y una coalición liderada por Estados Unidos e Israel proyecta impactos más allá de Oriente Medio: altera rutas energéticas claves, trastoca expectativas de crecimiento global y obliga a replantear las estrategias de diversificación y seguridad de los países dependientes de combustibles fósiles.
En este entorno, el petróleo y el oro no son meros símbolos de mercados, sino barómetros de riesgos sistémicos cuando los conflictos geopolíticos rompen sus barreras tradicionales y golpean de lleno la infraestructura del comercio global.


