Por Américo Sálazar Matrón
Hay un momento inevitable en la vida de todo partido político: el instante en que cumple su propósito vital y, al hacerlo, inicia su decadencia. Podemos ubicar esta reiteración en varios momentos de la historia mexicana, particularmente en el Méxicoposrrevolucionario.
El ciclo de vida del partido opositor se consuma cuando deja de ser oposición y se convierte en partido gobernante. Cuando una fuerza política se hace del poder y se habitúa a él, su discurso de resistencia moral y su propósito fundacional de lucha quedan obsoletos. Ya no puede ser la conciencia crítica del sistema porque ahora lo es en sí mismo.
En ese punto, lo que alguna vez fue una causa se transmuta en administración; la indignación cede ante la gestión, y el fuego original se convierte en institucionalidad.

Así le ocurrió al Partido Acción Nacional. Nació para enfrentar al priismo institucional, aquel régimen de privilegios que definió la vida política del país durante más de siete décadas, y cuyos fantasmas prevalecen hasta el día hoy. Su razón de ser era demostrar que México podía ser una democracia funcional. Lo logró.
Pero al hacerlo, agotó su papel histórico: ya no podía seguir siendo el abanderado de la pureza moral ni de la resistencia democrática. Su triunfo significó, paradójicamente, su disolución espiritual.
El caso de Morena sigue la misma lógica. Morena nació con un propósito claro: destruir al viejo régime al PRI, al PAN—al entramado político que simbolizaba la corrupción, el privilegio y el neoliberalismo. Su misión era moral antes que administrativa: romper con el pasado y reivindicar una nueva justicia social. Y, en efecto, lo consiguió.
A través de la reiteración, la embestida constante y la determinación ideológica de su líder, el viejo orden fue demolido. Pero en el acto mismo de destruir al régimen anterior, Morena construyó el suyo. En el ejercicio del poder, el partido dejó de ser instrumento de ruptura y se convirtió en el nuevo régimen que buscará preservarse a toda costa. Lo que veremos en los próximos años no serán gestos de renovación, sino esfuerzos de conservación: jurídicos, institucionales y políticos, para retener un poder que, tarde o temprano, inevitablemente perderá. Y cuando eso suceda, Morena padecerá la misma fractura moral que hoy aqueja al PAN y la misma fatiga histórica que consume al PRI.
De este modo, el ciclo de la política mexicana parece avanzar por sucesión de legitimidades: En el principio, el PRI fue el régimen de la estabilización y la institucionalización nacional. El PAN fue la oposición democrática que abrió camino a la transición.
MORENA es la fuerza destructora del viejo orden neoliberal, el intento de instaurar un nuevo sistema.
Cada uno, a su tiempo, cumplió su propósito. Y al cumplirlo, perdió su alma. Ahora bien, esto no significa que estos partidos vayan a desaparecer. El sistema político mexicano está diseñado para preservar estructuras, por inoperantes que sean.
Nuestra democracia convive con una fauna de rémoras políticas: partidos que sobreviven por inercia, que se alimentan del erario y encuentran en las peceras legislativas un hábitat cómodo, simbiótico.
El PRI, el PAN y Morena seguirán siendo competitivos en lo electoral, especialmente en los estadios locales y municipales. Podrán ganar gobiernos, conservar registros, y tener candidatos exitosos. Pero si llegan nuevamente al poder, será por la figura de una persona excepcional, no por la fuerza moral o doctrinal de su institución. Lo que sobrevive es el cascarón, no la conciencia.
En ese sentido, la muerte funcional de un partido no ocurre cuando pierde elecciones, sino cuando cumple su misión histórica y deja de representar una causa viva. Lo que le da vida a un partido no son los votos, sino el propósito. Y cuando el propósito se consuma, comienza el declive inevitable.
Hoy, tras el ascenso de Morena, el espacio del opositor moral vuelve a quedar vacante. Y como ocurrió antes, esa vacancia será ocupada, no necesariamente por convicción, sino por carencia de opciones. Tal vez Movimiento Ciudadano logre capitalizar ese vacío; no porque encarne una nueva causa nacional, sino porque el ciclo de los grandes partidos lo deja como única alternativa en un tablero ya recorrido.
Después de eso, vendrá otro. Porque la política mexicana no se define por partidos eternos, sino por causas temporales que se extinguen en el poder que conquistan.


