Del Culiacanazo y la guerra.

Por Ana Quintero.

Qué será de nuestros futuros en este país rabioso y abandonado.

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“Culiacanazo” sentenciaron los intelectuales de la capital de México en el 2019 cuando el gobierno capturó por primera vez a Ovidio; sin considerar, desde las tinieblas de su burbuja, que el sufijo azo tiene valor aumentativo y expresa sentido despectivo. Desde el chilangocentrismo, la salida fácil fue reducir a un estereotipo ofensivo a una ciudad que ha sido azotada por el conflicto armado atípico, por varios años, ante la ausencia de las autoridades.

Culiacán, como ciudad habitada por seres humanos de carne y hueso, es señalada por solapar, cobijar y dar cabida a que el crimen organizado desate violencia en cualquiera de sus presentaciones. Que es culpa de la gente, dicen las voces que no gustan de las series y narcocorridos, como si eso fuera el problema y no la incompetencia de las autoridades.

Pienso en nosotros. La generación de tías y de tíos que seremos después de haber sido las niñas y niños que crecimos entre adultos que normalizaron las balas y las conductas violentas; que interrumpimos, en varias ocasiones, jornadas escolares por hechos o amenazas de violencia; que hemos sido ridiculizados cuando intentamos visibilizar la violencia como lo que es: un conflicto armado, una guerra.

Después del Jueves Negro de ayer; de consumir información como si no hubiera mañana, de preguntar y responder quiénes estaban a salvo, de leer opiniones desinformadas, de cazar las noticias verificadas, de tratar de mantener la calma y la razón para discernir entre la información falsa que buscaba infundir terror y la información útil para la seguridad de mis seres queridos, y finalmente, de procesar todas las emociones, entendí que nuestra generación enfrenta retos globales para las que no tenemos herramientas ni condiciones, pero para pasarnos a chingar, enfrentamos la tarea de reconstruir un país que se encuentra sumido en la rabia.

Para qué necesitamos infierno si tenemos patria

Entonces, necesitamos generar una reconstrucción pacífica, titánica y profunda, mientras cargamos con el estigma que pesa sobre Sinaloa desde hace años. ¿Por dónde empezamos? ¿Qué hacemos? No podemos permitirnos el lujo de tomar una sola respuesta como universal, al contrario, hay que empezar por discutir lo que necesitamos acordar para que Sinaloa se encamine a la paz. Y ya que estamos en esas, que no se nos olvide poner límites a quienes usan el término Culiacanazo sin medir el dolor y la ofensa. Mientras se acaba el toque de queda en Culiacán, nos vemos el próximo viernes.

Ana Quintero
Columnista

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