Por Armando González
La reciente decisión del Departamento de Justicia de los Estados Unidos de retirar la afirmación de que el llamado “Cartel de los Soles” en Venezuela es una organización criminal real y estructurada no es un error de oficina; es una confesión de parte.
Durante años, esta narrativa se utilizó como punta de lanza para justificar sanciones y presiones diplomáticas. Hoy, que el mito se desmorona por falta de pruebas jurídicas sólidas, queda al descubierto una metodología que en México conocemos de sobra: la construcción de enemigos a la medida de los intereses de Washington.
Si buscamos una política basada en la soberanía, no podemos ignorar la rima histórica.
El retiro de estas acusaciones en el Cono Sur coincide temporalmente con un fenómeno similar y peligroso en nuestro país: el intento sistemático de imponer la narrativa de un “narco-Estado” en México, ahora personificado en la figura de la Presidenta Claudia Sheinbaum bajo el burdo apodo de “narco presidenta”.
La técnica es idéntica. No se necesitan expedientes judiciales terminados ni pruebas irrefutables; basta con el eco de analistas estadounidenses y la amplificación de una oposición local que prefiere entregar la soberanía a cambio de una ventaja electoral. La etiqueta de “narco” no funciona aquí como una categoría legal, sino como una herramienta de intervención blanda. Si logran convencer al mundo de que un gobierno es una organización criminal, entonces cualquier intervención —económica, política o militar— queda “moralmente” justificada.

El caso del “Cartel de los Soles” demuestra que Estados Unidos es capaz de inventar —o hiperbolizar— una estructura criminal completa para desestabilizar a un gobierno que no le es afín. En México, hemos visto cómo se intenta aplicar la misma receta. A pesar de que los indicadores de seguridad muestran una tendencia de contención y de que la estrategia ha girado hacia atender las causas, la narrativa mediática construida desde el Norte se empeña en decir que el país está en manos de los cárteles.
Llamar “narco-presidenta” a Claudia Sheinbaum es el punto más bajo de esta estrategia. Es una calumnia que ignora el mandato popular de más de 35 millones de votos y que busca minar la legitimidad de la primera mujer en conducir los destinos de México. Pero lo más grave es que esta narrativa se alimenta de la misma fuente que el mito de los Soles: agencias de inteligencia extranjeras que actúan sin control y que usan la lucha contra las drogas como un mecanismo de control geopolítico.
¿Por qué ahora? Porque un México soberano que no se pliega ciegamente a los dictados de Washington es un “mal ejemplo” para la región. La administración estadounidense sabe que, mientras no existan pruebas, el estigma es suficiente para presionar en mesas de negociación sobre comercio, energía y migración.
Nuestra tarea es clara: debemos rechazar el colonialismo judicial. El combate al crimen organizado es una prioridad absoluta y una herida abierta en nuestra sociedad, pero la solución no vendrá de narrativas fabricadas en Washington para doblegar gobiernos. La seguridad se construye con cooperación, no con intervencionismo disfrazado de opinión pública.
El desmantelamiento de la mentira del Cartel de los Soles debe servirnos de espejo. No permitamos que las etiquetas mediáticas dictadas desde el extranjero definan nuestra realidad política. La soberanía no solo se defiende en las fronteras, se defiende en la verdad y en el respeto a la voluntad popular. A la “narco-narrativa” se le responde con datos, con dignidad y con la memoria histórica de un pueblo que ya no acepta tutelajes.
Usted amable lector tiene la mejor opinión y puede compartírmela por mis redes sociales donde me encuentro como Armando González Romero, nos leemos en la próxima.





