Estudiar la vida pública de Culiacán.

Por Bárbara Apodaca

Las ciudades del mundo han sido planificadas y diseñadas como si toda la vida ocurriera dentro de un vehículo. Las vialidades cada vez más anchas y elevadas; los espacios drive-thru, los estacionamientos en comercios, las cocheras, la inversión pública priorizando calles y baches, y la velocidad forman parte de una visión que está por cumplir un siglo.

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Lo que fue un auge y símbolo de modernidad hace cien años hoy se ha convertido en una problemática reflejada en espacios urbanos residuales, efectos del cambio climático y conflictos sociales derivados de la ruptura del llamado tejido social. En Culiacán, urge una nueva visión.

Uno de los movimientos más influyentes del urbanismo contemporáneo nació con una frase: “Primero las personas”. Una provocación simple e incómoda que invita a pensar las ciudades desde quienes las habitan. Jan Gehl comenzó con una libreta y una silla plegable; su formación en arquitectura y psicología lo llevó a observar, en una plaza, cómo las personas se mueven, conviven o evitan ciertos espacios. Este ejercicio fue el inicio de lo que hoy conocemos como estudios de vida pública.

Esta metodología ha marcado un punto de inflexión. Muchas ciudades europeas y americanas ahora diseñan sus espacios públicos con énfasis en lo cotidiano, en la cercanía de los 15 minutos, en la calidad de vida de las personas y del planeta, así como en los comportamientos que demandan las sociedades del futuro. La visión técnica de quienes estudiamos el espacio público permite integrar datos relacionados con usos y costumbres, flujos y trayectorias, delitos, infraestructura gris y verde, confluencias, entre otros indicadores.

La participación ciudadana desempeña un papel fundamental. No se limita a preguntar qué queremos, sino cómo lo vivimos: qué grupos de población habitan determinados espacios, por qué otros no acuden y cuáles son sus limitantes. Toda esta información se registra para señalar un camino que, con diseño y sensibilidad, permita proponer mejores formas de habitar nuestras ciudades.

Desde Sociedad Botánica y Zoológica de Sinaloa IAP, hemos realizado estudios de vida pública en espacios como Jardín Botánico Culiacán, Parque Ecológico Culiacán, parques vecinales en zonas de alta marginación, plazas cívicas como la Plazuela Álvaro Obregón y parques urbanos como Agricultores y Las Riberas. Cada sitio posee características y oportunidades particulares; sin embargo, existen coincidencias claras. Comparto algunas de las más relevantes:

Baja percepción de seguridad, presencia de narcomenudeo, halcones, acoso y escasez de servicios básicos.

  • El centro comercial es considerado el espacio colectivo más deseado y mejor valorado.
  • El transporte público es la principal vía de acceso a parques y plazas.
  • El 90 % solicita áreas recreativas enfocadas en las infancias.
  • El 82 % desea mayor presencia de la naturaleza.
  • El 69 % acude principalmente a caminar.

Y lo que más me preocupa: la vida pública se desvanece.

Cuando la ciudad se diseña para la gente, la gente vuelve a ella y la convivencia florece. Sin embargo, en Culiacán la experiencia urbana se ha recluido tras rejas y cámaras de seguridad, bajo el aire acondicionado, dentro de centros comerciales, con un toque de queda no escrito y frente a una pantalla. La ciudad permanece sola mientras solo la atravesamos.

Pedimos un ejército, si, pero uno de personas conviviendo afuera, de árboles y de espacios públicos mejor diseñados para el confort de todas las formas de vida.

Necesitamos tu interés para imaginar y construir, entre todas y todos, la ciudad que merecemos.

Bárbara Apodaca
Columnista

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