Discurso Polarizado vs. Discurso Auténtico

Por Carlos Ruiz.

En tiempos de proselitismo, el quehacer político tiene como objetivo activar el diálogo en la sociedad. Sea por intereses de la élite o del pueblo, los actores políticos echan mano de todo su poder para solicitar el voto. Los canales a través de los cuales el público electorado es continuamente abordado por el proselitismo político son diversos. Se les invita a unirse a un ideal de nación general, apelando a distintos segmentos, subculturas, tribus, generaciones, clases, razas, etnias, religiones, lenguas, entre otros. El discurso se propaga con ansias de establecer un vínculo que incida en la decisión del elector a la hora de votar.

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El discurso es el principal poder de un político, ya que es el mecanismo a través del cual se convence a las masas. Un político es aquel que guía a las masas mediante el buen ejercicio del poder. Aunque existen muchos poderes que un político puede administrar o ejercer, todo reside en el poder supremo de la palabra para generar acuerdos. Un político que no promueve la paz de manera efectiva es un bárbaro, y lamentablemente, en la actualidad estamos rodeados de bárbaros. Aquí radica la importancia del político auténtico, cuya capacidad para propiciar la paz está en su diplomacia. Es esencial que cualquier discusión política o proceso de toma de decisiones se base en la búsqueda de la objetividad, la imparcialidad y el beneficio general de la sociedad. Por lo tanto, el discurso de un político auténtico se caracteriza por su habilidad para generar acuerdos diplomáticos que unifiquen temas polarizados.

Como raza humana, somos seres pasionales y sensibles, además de animales racionales y políticos. Sin embargo, debido al constante vaivén entre la irascibilidad y la concupiscencia de nuestras almas, o la configuración neurolingüística de nuestro ser, tendemos a decidir entre dos opciones. Decidimos sobre opciones dicotómicamente polarizadas. Parménides nos había advertido sobre la naturaleza del ser, afirmando que la vida presenta dos caminos y, por ley lógica de contrarios, un camino excluye al otro. Solo se puede elegir un camino entre el de la verdad y el de la opinión. Esto representa un dualismo paradigmático discursivo, donde la solución depende de elegir entre dos opciones fuertemente polarizadas.

Hoy por hoy, al reconocer la complejidad y la diversidad de la sociedad, surge la interrogante sobre la existencia de una alternativa más allá de esta dicotomía paradigmática. La capacidad del político auténtico para propiciar la paz a través de la diplomacia y la generación de acuerdos sugiere la posibilidad de una tercera vía. Esta tercera vía podría representar una opción intermedia, que aborde las necesidades y preocupaciones de distintos sectores de la sociedad, superando la rigidez de las opciones binarias y promoviendo un enfoque inclusivo y colaborativo en la toma de decisiones políticas. En este sentido, la tercera vía surge como una alternativa que busca trascender las divisiones y encontrar soluciones que reflejen la complejidad y la diversidad del contexto político y social.

Es importante destacar que un discurso polarizado no puede generar sanación como un discurso auténtico. En este caso, no opera como la paradoja del fármaco, en donde un medicamento es tanto la solución como también es el veneno. En el ámbito de los discursos, no funciona de esa manera. Un discurso polarizado no puede promover la unidad como lo haría un discurso auténtico. Es decir, cuando un discurso polarizado hace un llamado a la unidad, no está realmente convocando a la unidad de toda la sociedad civil, sino más bien a la unidad dentro de su propio espectro polarizado, dirigido a aquellos ciudadanos que ya están inmersos en esa polarización. Por esta razón, cuando MORENA o la COALICIÓN hacen un llamado de unidad, solamente están refiriéndose a su espectro de la población que previamente fue dividida por su discurso. Por lo tanto, la alternativa de una tercera vía emerge mediante el único discurso auténtico disponible: el de MOVIMIENTO CIUDADANO.

Carlos Ruiz Jiménez
Columnista

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