Por Carlos Ruiz Jiménez.
A finales del siglo XIX surgieron las primeras máquinas diseñadas para el registro y conteo de votos, marcando un hito en la historia electoral. La máquina Myers fue pionera en este campo, empleada por primera vez en las elecciones de Nueva York en 1892, lo que desencadenó debates y legislaciones para regular los procesos electorales.
Esta innovación llegó al Congreso mexicano, a principios del siglo XX, impulsada por el movimiento liderado por Francisco I. Madero, cuyo lema “sufragio efectivo, no reelección” encarnaba la esperanza de una democracia revolucionaria que derrocó al dictador Porfirio Díaz. Este evento marcó un cambio significativo en la estructura del Estado, con el sistema electoral como eje central para garantizar la alternancia en el poder de manera democrática.
La propuesta de adoptar el sufragio efectivo a través de máquinas de votación no fue tarea sencilla. A pesar de representar un avance tecnológico, su implementación planteaba desafíos, especialmente en un contexto donde estas máquinas eran desconocidas y no estaban contempladas en la legislación electoral vigente. Se esperaba que las máquinas automáticas agilizaran el proceso de conteo de votos y contribuyeran a reducir la corrupción al eliminar errores humanos y posibles fraudes electorales.

La Ley Madero de diciembre de 1911 abrió la puerta para el uso de máquinas de votación en México, lo que generó debate debido a las diferencias entre este país y Estados Unidos, especialmente en términos de analfabetismo. En México, el sistema electoral estaba marcado por elecciones indirectas debido al alto índice de analfabetismo, lo que propiciaba la existencia de redes clientelares que se beneficiaban de esta situación.
Las máquinas de votación prometían ventajas para aquellos que abogaban por la no reelección al garantizar un proceso de votación sencillo y accesible, incluso para aquellos que no sabían leer ni escribir, además de asegurar el secreto y la confiabilidad del voto. Sin embargo, estas máquinas nunca se llegaron a utilizar en México, y en pleno siglo XXI, los comicios electorales siguen siendo manuales, aunque se apoyan en tecnología para el conteo rápido.
La lección que podemos extraer de esta historia no radica en criticar el sistema electoral, sino en reconocer el papel que la tecnología desempeña en la búsqueda de hacerlo más eficiente. Aunque las máquinas de votación no llegaron a México, influyeron en las prácticas políticas electorales al promover argumentos en favor de la eficacia y la democracia, lo que alteró la maquinaria política asociada a caciques y redes clientelares tradicionales. Pero, ¿cómo puede un dispositivo virtual –dado que nunca se materializó– generar un cambio significativo en un sistema político?
Un dispositivo, según Michel Foucault, es un conjunto de instituciones, normas y proposiciones que moldean la creencia colectiva, además, se estructura como un poder diversificado, automático y autónomo que opera mediante diversas técnicas que se entrelazan y se expanden a través de la sociedad en forma de redes. Estos dispositivos generan nuevas necesidades y jerarquizan relaciones, definiendo el propósito de los instrumentos y perpetuando su funcionamiento. En este contexto, un dispositivo puede influir en un sistema político al modificar percepciones, creencias y relaciones de poder, contribuyendo así a transformaciones significativas en la estructura y dinámica política de una sociedad; incluso si el dispositivo es meramente virtual.

