Alianzas o irrelevancia: la decisión estratégica rumbo a 2027.

Por Aylin Elizabeth Zazueta Martínez

En política, como en cualquier fenómeno colectivo, las decisiones estratégicas importan tanto como las convicciones. La elección de 2027 en Sinaloa no será únicamente una competencia entre partidos; será una prueba de coordinación. Y en escenarios donde existe una fuerza dominante, la variable que más pesa no es la identidad, sino la capacidad de sumar.

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Los datos recientes permiten observar una tendencia clara. En la elección de gubernatura de 2021, la coalición opositora obtuvo 358,313 votos, mientras que Morena y su aliado alcanzaron 624,225. La diferencia de más de 260 mil votos no puede explicarse solo por campaña o coyuntura. Refleja estructura, movilización y concentración del voto.

Es relevante mencionar que este proceso se desarrolló en un contexto particularmente tenso en materia de seguridad, análisis posteriores coincidieron en que el ambiente público estaba marcado por preocupación e incertidumbre, factores que inevitablemente influyen en el ánimo colectivo y en la manera en que la ciudadanía decide participar y ejercer su voto.

Tres años después, en la elección de diputaciones de mayoría relativa en 2024, Morena alcanzó 635,269 votos frente a 367,667 de la oposición. Esta cifra es particularmente relevante porque las mayorías legislativas no son simbólicas: determinan presupuesto, reformas y control institucional. Cuando la diferencia es de esa magnitud, el margen de negociación se reduce considerablemente.

Desde un punto de vista analítico, hay dos elementos que deben considerarse. Primero, Morena compite con una base consolidada que ha mostrado estabilidad y crecimiento.

Segundo, la oposición, aun cuando ha ido en alianza, no ha logrado ampliar significativamente su techo electoral. Eso obliga a una reflexión estratégica: ¿cómo se reduce una brecha de más de 200 mil votos?

A esta ecuación debe sumarse el contexto local.

Sinaloa atraviesa una etapa compleja en materia de seguridad, estabilidad económica y confianza institucional. La percepción ciudadana sobre la violencia, la fragilidad del Estado de derecho y la incertidumbre en distintos sectores productivos no es un asunto menor. Cuando el Estado no logra garantizar condiciones básicas de seguridad y certeza jurídica, el electorado tiende a reevaluar su voto.

Ese malestar puede convertirse en un incentivo para buscar alternativas.

Sin embargo, el descontento social no se traduce automáticamente en voto de castigo. La ciencia política ha demostrado que los votantes no deciden únicamente en función del desempeño gubernamental; también influyen la identificación partidista, la percepción de riesgo y, especialmente, la relación directa que ciertos sectores tienen con programas sociales. El partido en el poder no solo administra recursos públicos, sino que también cuenta con una estructura territorial capaz de comunicar, persuadir y movilizar beneficiarios.

Esa capacidad de organización puede amortiguar el efecto del descontento.

En este escenario, resulta difícil comprender la resistencia de algunos sectores de la oposición a construir acuerdos amplios. Apostar por competir en solitario, bajo la premisa de que una marca partidista por sí misma puede revertir una brecha de cientos de miles de votos, no parece una decisión estratégica sino un cálculo excesivamente optimista. La política no premia el aislamiento cuando el entorno exige cooperación.

Si el objetivo es incidir, equilibrar y eventualmente gobernar, el interés colectivo debe colocarse por encima de aspiraciones individuales o cálculos de corto plazo.

Por eso, fragmentar el voto opositor no ayuda. En sistemas electorales como el nuestro, donde gana quien obtiene la mayoría relativa, dividir preferencias afines beneficia automáticamente al bloque más grande.

Es un efecto mecánico del sistema, no una opinión.

Morena no es únicamente un partido en competencia; es la fuerza que actualmente ejerce el poder estatal y federal. Esa condición le otorga visibilidad permanente, estructura activa y capacidad de movilización sostenida. Cualquier estrategia opositora debe partir de ese dato objetivo.

Más que un llamado emocional, la invitación es a una coordinación racional. Si el objetivo es equilibrar el Congreso local y disputar con seriedad la gubernatura en 2027, la suma es condición mínima. No garantiza triunfo, pero sí crea posibilidad real de competencia.

Una alianza bien construida no significa uniformidad ideológica. Significa establecer acuerdos claros sobre un bien común, con reglas internas y una narrativa compartida que conecte con el malestar ciudadano sin caer en la estridencia. Significa entender que, frente a una mayoría amplia, la dispersión reduce influencia, mientras que la convergencia la multiplica.

El reto para la oposición en Sinaloa no es menor: necesita crecer, persuadir nuevos sectores y reconstruir la confianza ciudadana. El contexto actual ofrece una ventana de oportunidad, pero esa ventana solo será aprovechable si existe coordinación estratégica. Los números muestran el tamaño del desafío; la realidad social muestra la urgencia.

En política, la unidad no es un gesto simbólico. Es una decisión técnica. Y cuando el objetivo es equilibrar el poder, recuperar competitividad electoral y ofrecer una alternativa viable frente a un contexto de inseguridad e incertidumbre, la coordinación deja de ser opcional para convertirse en indispensable.

Elizabeth Zazueta
Columnista

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