Por Ericka Cerdas.
Los acontecimientos del 2 de junio dejaron muchas lecciones de las que todos podríamos aprender. No obstante, los partidos tradicionales parecen ser los únicos que no quieren verlas o, tal vez, simplemente no desean reaccionar. Está claro que, para las cúpulas nacionales, no ha sucedido nada significativo; sus líderes principales no han perdido nada, ya que, en lugar de sus oficinas en el partido, los veremos en el Senado. Así que, en efecto, ellos no han perdido nada.
¿De quién es la culpa?
La oposición en México sufrió una de las peores derrotas en la historia del país, perdiendo por 30 puntos. Los voceros de los partidos perdedores han pasado semanas hablando de los errores cometidos, en resumen, lamentándose sobre la leche derramada. Sin embargo, el problema de señalar culpables es que cuando apuntas con un dedo, tres dedos te señalan a ti. Parece que los líderes no están reconociendo esa responsabilidad política que les corresponde.
El Diccionario Panhispánico de Español Jurídico define la responsabilidad política como el deber de los gobernantes de cesar en el cargo por el inadecuado ejercicio del poder. Además, según Morgenstern y Manzetti, tanto las instituciones como las personas que las integran son esenciales en una democracia, pero deben ser responsables de sus actos. De lo contrario, actuarían en beneficio propio en lugar de velar por el interés público.
Tomando lo anterior en cuenta, tanto Alito Moreno como Marko Cortés no han asumido su parte de la culpa de la avalancha del 2 de junio, resultado de sus malas gestiones dentro de la campaña. El 3 de junio, ambos debieron haber presentado su renuncia, ya que eran los máximos tomadores de decisión.
¿Por qué debían renunciar? Porque es una cuestión de confianza y credibilidad. Aunque los partidos estén en proceso de renovación de estructuras, debían establecer un precedente, y la renuncia habría sido un acto de humildad ante el electorado.

Muchas veces, siento que no han comprendido que no se trataba de perder un concurso de oratoria, sino una campaña presidencial y por 30 puntos. Además, dejaron ambas cámaras a merced del autoritarismo. ¿Eso no es suficiente motivo para dejar sus cargos?
Cada uno se engaña con lo que más le gusta
Siguiendo con la reflexión, empezaré con el PAN, ya que es la segunda fuerza política del país. Bueno, al menos con eso intenta consolarse Marko Cortés y su séquito. El presidente del PAN tuvo muchos desaciertos en la campaña, ya que su falta de inteligencia emocional lo hacía reaccionar con el hígado. Una de las grandes críticas es que se impuso en el primer puesto de las listas plurinominales para la Senaduría. En resumen, él tenía desde el día uno su escaño asegurado. Consejo de amiga: para la próxima, mejor un tercer lugar o algo así, para que no se note tanto el descaro.
Además, hace unas dos semanas, el Consejo Nacional del PAN se reunió y acordó conformar una comisión que reflexionará sobre la derrota de Xóchitl. Entre los nombres que la integran están Santiago Creel, quien fue el jefe de campaña de la senadora Gálvez; Kenia López, quien fue la vocera de campaña; y Lilly Téllez, que repite como senadora. Podría seguir mencionando nombres de personas que siempre han estado en la cúpula. Entonces, me surge la pregunta: ¿qué autorreflexión van a hacer si son los mismos de siempre?
¡Ayyy Alito! ¿Porqué eres tan coqueto?
Una de las cosas que más me sorprendió después de la elección fue escuchar a Alito Moreno diciendo que no se iba a ir de la presidencia del histórico PRI. No solo perdió la campaña presidencial, sino que también, durante su gestión, el partido perdió el bastión más importante del PRI, el Estado de México. Además, ha estado envuelto en una infinidad de polémicas, como la compra de un avión privado durante el proceso electoral de 2021.
El domingo pasado, la Asamblea Nacional del PRI votó a favor de la perpetuidad de Alejandro Moreno al frente del partido. Con la mano alzada, la mayoría de los priistas votaron por un cambio en los estatutos del partido, para que Alito pudiera seguir como presidente. En resumen, el PRI, después de 100 años, cambió sus estatutos, y solo para perpetuarlo.
Como dirían en mi rancho, “huele a cala”, porque la reputación que tiene Alito Moreno ante la ciudadanía es bastante mala. De hecho, dirigentes del PAN atribuyen la derrota de Xóchitl a la alianza con el PRI y, en particular, a la figura de Alito Moreno. Pero aquí hay mucha tela que cortar.
Después de la derrota tan aplastante que tuvieron los partidos tradicionales, están en la obligación de hacer una reflexión profunda y aprender de las lecciones que les dejó el proceso electoral. Los lideres partidarios nacionales deben de tener responsabilidad política, y asumir los errores cometidos. Esto no solo es un acto de integridad hacia los electores, sino también un paso necesario para mantener la credibilidad de los partidos, si buscan ser una opción válida en los próximos procesos.


