Por Ericka Cerdas
Durante años se asumió que las reglas bastaban para contener a los más poderosos. Que los conflictos podían administrarse desde foros multilaterales y que la cooperación, aunque imperfecta, terminaría imponiéndose. Estos últimos meses, esta premisa se ha puesto en duda. No porque las reglas hayan desaparecido, sino porque han dejado de ser el principal mecanismo para resolver los conflictos relevantes.
El sistema internacional creado posterior a la Segunda Guerra Mundial descansaba sobre una premisa básica: incluso los Estados más poderosos aceptarían límites a su acción a cambio de estabilidad. Ese fue el corazón y la esencia del multilateralismo. Claramente, no eliminó los conflictos, pero los encauzó dentro de procedimientos previsibles. La legalidad de alguna manera importaba tanto como el resultado.
Ese equilibrio comenzó a erosionarse cuando el sistema dejó de producir soluciones. Conflictos prolongados sin soluciones reales, negociaciones interminables, organismos incapaces de actuar con rapidez han ido minando la confianza en el multilateralismo como herramienta efectiva. La cooperación se ha ido mantenido, pero ha ido perdiendo peso como un mecanismo de resolución.
Quienes hemos estudiado Relaciones Internacionales sabemos que el poder siempre ha sido central en la política mundial. Nunca desapareció; solo estuvo contenido mientras fue conveniente. Lo que vemos hoy es ese poder actuando de forma más directa. Los Estados están dejando de lado procesos largos y apuestan por resultados rápidos. Para ello usan con mayor frecuencia la presión económica, los aranceles, las sanciones y las amenazas abiertas como herramientas normales de política exterior. No es un cambio repentino, sino una aceleración en la forma en que funciona el sistema internacional.
En este contexto, la figura de Donald Trump ha venido actuando como un acelerador. Su estilo rompe con la diplomacia tradicional y expone una lógica que ya venía dándose: negociar desde la fuerza, reducir la política internacional a intercambios directos y medir el éxito en términos de rapidez y concesiones obtenidas. Esto ha generado avances en escenarios donde el multilateralismo lleva años estacando. También nos ha demostrado que el método tiene costos importantes.
La diplomacia basada en presión ha mostrado capacidad para generar decisiones en el corto plazo. Reduce tiempos, fuerza definiciones y altera situaciones que llevaban años sin cambios. Sin embargo, esa eficacia no es neutral. Introduce una lógica jerárquica en el sistema internacional, donde los Estados con mayor peso económico, financiero o militar fijan las condiciones, y los demás negocian para minimizar costos. En este esquema, la legitimidad pierde centralidad y queda subordinada al resultado.
La cumbre de Davos ya no cumple una función normativa dentro del sistema internacional. No genera reglas ni consensos vinculantes. Opera como un espacio de coordinación informal donde actores con poder intentan ajustar intereses ante la debilidad de los marcos multilaterales tradicionales. Su utilidad es operativa, no estructural.
El principal riesgo no esta asociado a un líder específico ni a una coyuntura puntual. El riesgo es la normalización de un esquema en la presión reemplaza al derecho como criterio central de decisión. En ese contexto, el orden internacional deja de operar como un marco compartido de reglas y pasa a estructurarse en función de relaciones jerárquicas, donde la estabilidad depende de la capacidad de los actores más fuertes para imponer condiciones.
Como siempre la historia nos demuestra que este tipo de sistemas puede sostenerse durante períodos limitados, pero presenta dificultades para ofrecer soluciones duraderas. La ausencia de reglas claras y ampliamente aceptadas no elimina los conflictos existentes: más bien los posterga y los vuelve más complejos. La incertidumbre se traslada al ámbito económico, afecta la inversión, distorsiona las decisiones de largo plazo y aumenta los riesgos en materia de seguridad internacional. Aunque los costos no se distribuyen de manera uniforme, terminan extendiéndose al conjunto del sistema.
Lo que estamos viviendo actualmente no es un mundo más conflictivo, sino un mundo con menor capacidad de contención. Cuando las reglas dejan de funcionar como referencia común y se transforman en instrumentos negociables según el poder de cada actor, el sistema se vuelve más vulnerable a errores de cálculo y decisiones impulsivas.
La presión puede ordenar situaciones en el corto plazo, pero sin límites compartidos no construye estabilidad. En un sistema internacional permanentemente en conflicto, debilitar los mecanismos que administran ese conflicto no es realismo, es aumentar el costo de la incertidumbre global.


