Por Ericka Cerdas
A lo largo del siglo XX, la democracia se erigió como el sistema político hegemónico y aspiracional para millones en el mundo. Sin embargo, en pleno siglo XXI, su vigencia y solidez parecen cada vez más frágiles. Con múltiples elecciones previstas para 2026 en América Latina, Europa, Asia y África, las alarmas suenan con fuerza: la democracia, en muchos países, ya no es un sistema consolidado sino una estructura en disputa, asediada por discursos autoritarios, populistas y por un creciente descontento ciudadano.
Existe una creciente preocupación entre los organismos internacionales y expertos en gobernanza sobre la erosión de las democracias en diversos rincones del mundo. No se trata solo de retrocesos institucionales, sino también de una transformación en el discurso público: los discursos polarizantes, la exclusión y la confrontación ha ganado terreno, desplazando el diálogo, la transparencia y la rendición de cuentas, pilares fundamentales un sistema democrático.
Lo más alarmante es que esta amenaza no proviene únicamente de golpes de Estado o regímenes militares, como en otras épocas, sino que hoy se manifiesta a través del voto popular. Líderes elegidos democráticamente adoptan luego estrategias para debilitar los contrapesos, concentrar el poder y socavar libertades civiles. Como se ha mencionado por diferentes analistas, nos encontramos en una etapa donde, paradójicamente, hay más elecciones que nunca, pero con cada vez menos garantías democráticas y derechos efectivos.
Populismo ¿síntoma o causa?

Uno de los fenómenos más preocupantes en este escenario es el ascenso del populismo. Existen investigaciones que explican que el populismo crece en contextos de desigualdad, inseguridad económica, crisis de representación y desafección política. En lugar de fortalecer las instituciones democráticas, estos movimientos tienden a dividir a la sociedad entre un “pueblo puro” y una “élite corrupta”, otorgando al líder populista la figura de salvador.
Este estilo de liderazgo tiende a reducir la pluralidad de ideas y a debilitar el sistema de pesos y contrapesos que garantiza la libertad. El populismo, aunque disfrazado de cercanía al pueblo, alimenta el autoritarismo desde dentro. Los líderes cuestionan los medios de comunicación, los tribunales, los organismos electorales y cualquier voz crítica que ponga límites al poder personal.
¿Por qué tantos ciudadanos se sienten atraídos por estos discursos?
El apoyo al populismo no es irracional ni espontáneo. Surge del profundo malestar con las élites políticas tradicionales, que durante décadas prometieron soluciones sin resultados tangibles para amplios sectores sociales. Desempleo, desigualdad, corrupción, inseguridad, servicios públicos deficientes… La democracia representativa ha fallado en dar respuesta a las necesidades básicas de muchos. Como resultado, se ha generado un vacío que los discursos simplistas, emocionales y polarizadores del populismo han sabido llenar con gran eficacia.
El problema es que, al depositar la esperanza en figuras mesiánicas, se debilita el sistema democrático mismo: se normaliza el ataque a las instituciones, se tolera la violencia política y se aceptan reformas que concentran poder a cambio de soluciones rápidas, aunque sean superficiales.
Elecciones 2026
El año 2026 será decisivo para la democracia en varios países. En América Latina, naciones como Colombia, Perú, Costa Rica y Brasil celebrarán elecciones presidenciales o generales. Estos procesos electorales marcarán rumbos importantes, pero el simple acto de votar ya no garantiza una democracia sólida. Hoy más que nunca, se requiere una ciudadanía crítica, informada y participativa, que defienda los valores democráticos más allá del momento electoral.
Es fundamental fortalecer la educación cívica, garantizar medios de comunicación libres y responsables, promover la transparencia gubernamental y, sobre todo, renovar el contrato social entre la política y la ciudadanía. La democracia no puede sobrevivir sin confianza, pero tampoco sin resultados. Resolver los problemas cotidianos de la gente —salud, trabajo, seguridad, educación— debe ser el primer compromiso de cualquier gobierno que se reclame democrático.


