Por Ericka Cerdas
Vivimos rodeados de cifras. Cada mañana, el país despierta con números: crecimiento, inflación, homicidios, aprobación presidencial. Todo se mide, todo se compara. Pero los datos ya no bastan. En México, los números son apenas el decorado de una conversación dominada por emociones. Se pueden mostrar informes, gráficas, auditorías, pero si contradicen lo que la gente siente, se desechan sin culpa. La política mexicana se volvió un acto de fe.
El lingüista George Lakoff dice que las personas no piensan con lógica, sino con marcos mentales que les dan sentido al mundo. Los datos, por sí solos, no cambian nada si chocan con nuestras creencias. El psicólogo Drew Westen añade que la política no se gana en la razón, sino en la emoción. Quien conquista el corazón no necesita convencer la cabeza. En México, lo vivimos durante años: la razón se retiró del debate y el sentimiento tomó el control.
El gobierno de Andrés Manuel López Obrador fue la mejor prueba de ello. El expresidente logró una conexión emocional con millones de mexicanos que no dependía de los indicadores ni de los informes. Su discurso del “pueblo bueno” contra “la élite corrupta” creó una narrativa moral más poderosa que cualquier estadística. “Yo tengo otros datos” se convirtió en una forma de mirar el país: una verdad emocional que resistía toda evidencia.

Las “mañaneras” que marcaron su sexenio, no eran simples ruedas de prensa. Eran un ritual político. En ellas, el presidente explicaba, sermoneaba, bendecía y redibujaba la realidad. No necesitaba pruebas; bastaba su palabra. Para muchos, el dato técnico valía menos que la convicción del líder. Y cuando alguien criticaba sus números, parecía estar atacando la fe de sus seguidores.
Pero esa forma de hacer política no terminó con su gobierno. El país que heredó Claudia Sheinbaum sigue viviendo bajo la lógica emocional que él consolidó. La discusión pública se volvió un terreno de lealtades afectivas más que de razones. Aplaudir o cuestionar a la nueva presidenta no depende tanto de lo que haga, sino de lo que simboliza. El relato sigue vivo: el del pueblo frente al poder, el de la esperanza frente a la desconfianza.
El psicólogo Jonathan Haidt explica que primero decidimos con el instinto y luego buscamos razones para justificarlo. En México, esa idea se siente demasiado familiar. Defender a un líder o atacarlo, se ha convertido en una extensión de la identidad personal. Los datos se leen no como información, sino como munición. Cada cifra se interpreta según el bando. Y así, la política deja de ser conversación y se vuelve cruzada.
Lo cierto es que México lleva mucho tiempo atrapado en la búsqueda de redentores. Vicente Fox, Felipe Calderón, Enrique Peña Nieto y López Obrador fueron, en distintos momentos, presentados como salvadores de la patria. Cada uno prometió limpiar, rescatar o transformar el país. Y, una vez más, el entusiasmo venció a la evidencia. El presidencialismo mexicano cambió de rostro, pero no de naturaleza: seguimos esperando que el poder tenga algo de milagroso.
Las redes sociales reforzaron este culto. Allí, los ciudadanos se convirtieron en fieles digitales. Los debates se transformaron en batallas morales: quien duda, traiciona; quien critica, ataca. Los algoritmos alimentan la fe de cada tribu, mostrando solo aquello que confirma lo que ya cree. En ese ruido, los datos son apenas un eco.
Pero no se trata de despreciar la emoción. Sin ella, la política sería un trámite. Lo peligroso es cuando la emoción se convierte en dogma, cuando el entusiasmo reemplaza al juicio. Una democracia sana necesita pasión, pero también pensamiento. Necesita líderes que inspiren y ciudadanos que cuestionen.
Quizá la tarea más urgente no sea producir más información, sino aprender a escucharla sin fanatismo. Reconocer cuándo la emoción nos gobierna. Recordar que cambiar de opinión no es traicionar, sino crecer. Que la duda no debilita la esperanza, la fortalece.
Porque cuando los datos no bastan, lo que está en crisis no es la información, sino la forma en que creemos. México aprendió a votar con el corazón, pero olvidó a pensar con la cabeza. Necesitamos que la política vuelva a ser un espacio donde pensar no sea una ofensa.





