Una opinión de Ericka Cerdas
El populismo ha cambiado las dinámicas democráticas en el mundo, presentándose como una respuesta a las élites políticas y económicas. En particular, el populismo de derecha se caracteriza por dividir a la sociedad entre “ellos” (inmigrantes, minorías o élites) y “nosotros” (el pueblo “verdadero”), usando el miedo, la identidad nacional y la promesa de recuperar un orden perdido. Este enfoque conecta con quienes sienten que sus valores están amenazados, creando un mensaje de urgencia y esperanza.
La llegada de Donald Trump a la presidencia en 2016 no fue casualidad, sino parte de una tendencia global. Su campaña aprovechó las preocupaciones económicas y culturales de muchos, con un mensaje directo, polémico y nacionalista que lo presentó como el defensor de los olvidados. En 2024, buscó recuperar el apoyo de su base, con el mensaje de “salvar América” frente a una supuesta crisis, adaptando su estrategia a un panorama aún más polarizado y competitivo.

DIVIDE Y VENCERÁS
Desde 2016, Donald Trump ha basado su estrategia política en un discurso que divide, señalando enemigos internos y externos para ganar apoyo. En aquella campaña, atacó a México y China, acusándolos de quitar empleos a los estadounidenses y de aprovecharse económicamente del país. Aunque polémicas, estas narrativas conectaron con votantes en busca de soluciones rápidas a problemas complejos.
En 2024, el enfoque de Trump sigue la misma línea divisoria, pero con nuevos objetivos. Sus recientes declaraciones, ha señalado a Groenlandia, Canadá y Panamá como “amenazas estratégicas”. En el caso de Groenlandia, su discurso evoca intereses geopolíticos, mencionando supuestas oportunidades de explotación de recursos naturales. Respecto a Canadá, ha criticado duramente las políticas energéticas del país, acusándolas de perjudicar a los productores estadounidenses. Panamá, por su parte, ha sido descrito como un “paraíso financiero que amenaza la estabilidad fiscal de Estados Unidos”, reforzando su retórica de enemigos externos.
Al comparar estas amenazas con los ataques de 2016 hacia México y China, es evidente que Trump mantiene un patrón de identificar adversarios claros para alimentar el temor y la indignación de su base. En 2016, México fue blanco de su narrativa antiinmigrante, con promesas de construir un muro, mientras que China simbolizaba una supuesta competencia desleal en el comercio. Ahora, la escala y los blancos han cambiado, pero la intención permanece: proyectar una imagen de un Estados Unidos constantemente asediado, donde solo un liderazgo fuerte puede “salvar la nación”.
¿QUIÉN PUEDE SALVAR A MÉXICO?
Evocando la famosa frase nunca dicha por Porfirio Díaz, “¡Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos!”, en el 2025 el país vuelve a estar en el centro de los ataques de Donald Trump, esta vez con una agenda más agresiva y polémica. El presidente Trump ha prometido aplicar “mano dura” contra el narcotráfico en México, llegando incluso a amenazar con desplegar fuerzas estadounidenses si el gobierno mexicano no intensifica su colaboración en esta “guerra contra los cárteles”. A ello se suma su controversial propuesta de renombrar el Golfo de México como “Golfo de América”, un gesto percibido como una provocación simbólica y un intento de apropiación cultural.
Además, Trump ha advertido que impondrá aranceles más altos si México no refuerza sus controles migratorios y la cooperación en seguridad. Estas amenazas, que combinan medidas económicas con un discurso beligerante, buscan consolidar la narrativa de México como un obstáculo para la estabilidad de Estados Unidos, reforzando el miedo y el nacionalismo entre su base de votantes.
En comparación con sus ataques de 2016, las agresiones actuales son más directas y radicales. Si antes el foco estaba en la inmigración y el comercio, ahora la lucha contra el narcotráfico se ha convertido en un tema central, usado para despertar temores internos y exaltar el orgullo nacionalista. Este enfoque ha intensificado las tensiones diplomáticas y ha colocado al gobierno mexicano en una posición complicada, tratando de equilibrar las exigencias de Trump con sus propias prioridades internas.
La estrategia de Trump, basada en amenazas y simbolismos extremos, ilustra cómo sigue utilizando el populismo de derecha para fortalecer su narrativa de “salvar América”. Sin embargo, esta retórica polarizadora no solo afecta la cohesión interna de Estados Unidos, sino que también amenaza las relaciones bilaterales con México, un socio clave en comercio y seguridad.
EL MISMO JUEGO PERO CON NUEVAS REGLAS
Estamos a días de enfrentar a un Donald Trump más agresivo, más violento y, lo más preocupante, mucho más experto en el juego político. Ya no es el novato de 2016, sino un estratega que domina cómo polarizar, manipular y movilizar a su base con amenazas y discursos explosivos. México vuelve a estar en su mira, enfrentando un futuro incierto con promesas de “mano dura” y medidas que aumentan las tensiones en la región.
El mundo mira con preocupación, sabiendo que el regreso de Trump puede traer consecuencias globales. Sus políticas agresivas amenazan con desestabilizar relaciones clave y generar conflictos. México y otros países deberán prepararse para enfrentar a un líder que no solo conoce las reglas, sino que está dispuesto a romperlas para imponer su visión de poder.


