El laberinto de Morena.

Ericka cerdas

Por Ericka Cerdasa

Cuando Giovanni Sartori describió los sistemas de partido dominante, no hablaba de partidos invencibles. Hablaba de partidos que ganan de manera continua y legítima hasta que su propia acumulación de poder se convierte en el problema central que deben administrar. Morena llegó a ese punto.

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El VIII Congreso Nacional Extraordinario que el partido celebró la primera semana de mayo en el World Trade Center de la Ciudad de México fue, en términos formales, un relevo de dirigencia. Ariadna Montiel sustituyó a Luisa María Alcalde, quien pasó a ocupar la Consejería Jurídica de Presidencia. El evento fue manejado muy ordenadamente, y sin rupturas visibles. Sin embargo, lo que ocurrió alrededor del congreso revela algo que el acto mismo intentaba ocultar: Morena enfrenta su primera crisis interna real desde que llegó al poder federal en 2018.

La diferencia entre una crisis y un problema de coyuntura no está en la intensidad del ruido, sino en si afecta las estructuras que sostienen al partido. El caso Sinaloa no es un escándalo aislado. Es la evidencia de que el proceso de institucionalización de Morena, ese tránsito de movimiento a aparato produjo lo que produce en casi todos los partidos que lo atraviesan: la entrada de actores que no llegaron por convicción ideológica sino por conveniencia territorial. Rubén Rocha Moya y Enrique Inzunza son el resultado de un partido que expandió su estructura a velocidad mayor que su capacidad de filtrar a quienes se le sumaban.

Alfonso Durazo abrió el congreso hablando de “presiones externas” y de “voces internas que siembran dudas”.  Es claro, cuando la dirigencia de un partido necesita convocar a la unidad en su propio congreso, la unidad ya está en entredicho. El llamado a cerrar filas es el reconocimiento tácito de que hay fuerzas centrifugas que requieren contención.

Además, hay un problema de diseño institucional detrás de esto. Morena construyó su identidad sobre la figura de López Obrador y sobre la promesa de transformación. Ambos elementos funcionaron como cohesionadores mientras el partido estaba en la oposición o en los primeros años del poder. Pero los movimientos que se consolidan en gobiernos necesitan mecanismos distintos para mantener la cohesión, como reglas internas claras, procesos de selección de candidatos con criterios verificables y órganos de control con autonomía real. El Congreso acordó establecer filtros para revisar perfiles de futuros candidatos. La eficacia de ese acuerdo depende enteramente de si se convierte en procedimiento institucional o se queda en declaración de buenas intenciones.

Las acusaciones del fiscal del Distrito Sur de Nueva York contra funcionarios morenistas llegan en un momento en que la relación bilateral con Washington podría determinar el margen fiscal y comercial del país. Defender a los señalados implica confrontar a Estados Unidos; distanciarse de ellos implica admitir que la penetración del crimen organizado en las estructuras del partido es real. Sheinbaum derivó todo a la FGR, una salida que mantiene las formas institucionales pero que deja insatisfechos a los dos extremos internos: quienes esperaban lealtad del partido y quienes esperaban autocrítica.

La nueva dirigencia de Montiel recibe un partido con más de 12 millones de afiliados, mayoría en el Congreso federal y control de la mayoría de las gubernaturas. En términos electorales, Morena sigue siendo el actor dominante del sistema político mexicano. Pero el dominio electoral y la cohesión interna son cosas distintas. El PRI tardó décadas en aprender esa diferencia. Morena la enfrenta en su octavo año de gobierno federal.

La pregunta que el partido no ha respondido todavía es si tiene la voluntad y los mecanismos institucionales para procesar sus contradicciones internas sin que eso implique fractura, o si el único instrumento de cohesión que le queda es la figura presidencial. Porque si es lo segundo, el problema no es Sinaloa. El problema empieza en 2027, cuando los comicios intermedios conviertan cada candidatura en una negociación de poder, y la figura presidencial no pueda estar en todos lados al mismo tiempo.

Ericka Cerdas
Columnista
Ericka Cerdas es Internacionalista con especialidad en Sinología por Nankai University China y Maestra en Gestión Pública Aplicada por el Tecnológico de Monterrey. Analiza tendencias globales y su impacto en América Latina. Sus columnas exploran políticas públicas, modelos de gobernanza y la agenda global desde una perspectiva crítica y estratégica.

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