Por Diana Sugey Mendoza Cital
Se ha hablado mucho de la normalización de la violencia que atraviesa Culiacán y de todo lo que deja a su paso: desapariciones, desplazamientos forzados, inseguridad, agresiones y muertes.
Esto último resulta especialmente inquietante. Hace poco murieron cuatro personas en un mercadito y, al observar las reacciones, algunas personas mostraban preocupación o miedo, mientras que en otras no había cambios en el semblante, como si se tratara de una noticia más.
Esto no necesariamente significa que se haya perdido la capacidad de comprender lo que implica la muerte. En contextos donde estas noticias son constantes, puede aparecer una especie de habituación emocional. Poco a poco se desgasta la capacidad de asombro… y, con ella, también el espacio para la empatía.
Con el tiempo, parece que dejamos de sorprendernos. Pero cabe preguntarse: ¿realmente es indiferencia o es una forma de protegernos? A veces, tomar distancia emocional funciona como un mecanismo para sostener lo que ocurre a nuestro alrededor, para sentirlo menos cercano, menos posible. Como si, al verlo lejano, disminuyera la probabilidad de que nos toque. Sin embargo, en una ciudad donde el peligro se percibe latente, esta sensación de seguridad es más imaginaria que real.
En medio de esto, vale la pena detenernos en quienes se quedan: las familias, el dolor que atraviesan, el intento de dar sentido a una pérdida abrupta e injusta. Porque cuando alguien muere, no solo se va esa persona; también se transforman y a veces se rompen partes de quienes la amaban. La vida, tal como era, deja de existir.
Ante esta realidad, quizá lo más importante sea no desconectarnos por completo de lo que sentimos, pero tampoco permitir que nos desborde. Darnos momentos para pausar la exposición, nombrar lo que nos pasa y compartirlo con otros puede ayudarnos a sostenernos emocionalmente, sin caer en la indiferencia. Porque, en medio de contextos difíciles, cuidar nuestra sensibilidad también es una forma de resistencia.


