Por Ericka Cerdas.
En los últimos años, el mundo ha presenciado una creciente crisis en los sistemas democráticos, especialmente en América Latina y otras regiones con democracias en desarrollo. Hoy en día, los ciudadanos expresan una profunda desconfianza hacia sus instituciones y líderes, mientras que el avance de líderes populistas amenaza con socavar principios democráticos fundamentales. Desde América Central hasta América del Sur, el deterioro de la confianza y el desencanto con la política tradicional han abierto la puerta a una ola de gobiernos que prometen soluciones rápidas a problemas de largo alcance, a menudo a costa de las libertades civiles y del equilibrio de poderes.
El nuevo reto es mantener nuestra vieja democracia
A lo largo de las últimas décadas, la democracia ha sido considerada el pilar sobre el cual se construyen sociedades justas y participativas. Sin embargo, la realidad actual nos enfrenta a un panorama preocupante. El descontento de la ciudadanía con las instituciones, la falta de transparencia y las promesas incumplidas han generado una brecha peligrosa entre los gobiernos y sus ciudadanos. En regiones como América Latina, este desencanto se ha profundizado, abriendo espacio a líderes populistas que prometen cambios rápidos y soluciones directas a problemas que son profundamente complejos.
La Oficina de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos advirtió recientemente sobre esta tendencia alarmante. Según un informe, las democracias de todo el mundo enfrentan una “crisis de fragilidad” que amenaza con desgarrar el tejido democrático en diversas naciones. Se trata de una crisis que no sólo afecta a países en vías de desarrollo, sino que pone en riesgo la estabilidad democrática a nivel global. La pérdida de confianza en los sistemas tradicionales ha hecho que los ciudadanos busquen respuestas en figuras que, muchas veces, prometen un retorno a un “poder del pueblo” directo, ignorando los contrapesos y las limitaciones que garantizan el respeto a los derechos y libertades de todos.
Populismo: ¿Solución o Amenaza a la Democracia?
Uno de los efectos más preocupantes de esta crisis es el auge de movimientos populistas. En América Latina, donde las desigualdades económicas y la corrupción han sido problemas persistentes, los líderes populistas ofrecen soluciones simplistas a problemas complejos. Pero, ¿a qué precio? El populismo suele basarse en una narrativa que divide a la sociedad entre “el pueblo” y una élite supuestamente corrupta y opresora. ¿Dónde habremos escuchado antes? Esta retórica divisiva, si bien puede ser atractiva a corto plazo, genera polarización y disminuye el espacio para el diálogo y el consenso, elementos esenciales para una democracia funcional.
El diálogo entre el Poder Ejecutivo y los partidos de oposición en el Congreso y el Senado ha ido disminuyendo. Recuerdo escuchar a senadores de la República declarar en medios de comunicación que el presidente no los recibía ni tomaba en cuenta sus propuestas. El nuevo presidente del Partido Acción Nacional, en sus primeras declaraciones afirmó que solo intentarían hablar con la nueva presidenta una vez. Esto deja claro, que no existe un dialogo fluido entre los diferentes actores políticos.
¿Cómo Salvaguardar la Democracia?
La crisis actual nos lleva a cuestionar si es posible restaurar la confianza en las democracias o si estamos condenados a un ciclo interminable de promesas incumplidas y desencanto. Organizaciones internacionales y expertos coinciden en que una democracia sólida no puede sostenerse únicamente sobre promesas, sino que requiere instituciones robustas, transparencia y, sobre todo, una ciudadanía informada y comprometida.
En este sentido, el Instituto Interamericano de Derechos Humanos (IIDH) ha señalado que uno de los retos principales para América Latina es fortalecer el papel de la sociedad civil y fomentar una cultura de participación. La verdadera democracia no puede sobrevivir sin ciudadanos informados, que comprendan tanto sus derechos como sus responsabilidades y que participen de manera crítica en el proceso democrático.
Otra propuesta que ha surgido en el debate internacional es la necesidad de impulsar reformas que garanticen mayor transparencia en el sistema político. Esto incluye, por ejemplo, un acceso más abierto a la información pública, mecanismos de control efectivos sobre el gasto público y una justicia independiente que pueda actuar sin interferencias. Estos cambios, aunque ambiciosos, son esenciales para recuperar la confianza y evitar que las democracias caigan nuevamente en la trampa del populismo.
¿Y ahora quien nos puede salvar?
La democracia no es una entidad inmutable ni un privilegio garantizado; es un proceso vivo que demanda la vigilancia y el compromiso de todos. La tentación de los atajos populistas y las soluciones simplistas solo llevan a un debilitamiento de las libertades fundamentales y a una erosión de las instituciones que sostienen nuestras sociedades. Enfrentamos una realidad en la que cada ciudadano, cada líder, y cada organización tiene un rol insustituible. No podemos ceder nuestra responsabilidad a manos de quienes prometen soluciones inmediatas sin considerar el largo plazo. Defender la democracia es defender el derecho a un futuro justo y equitativo para todos, y solo lo lograremos si nos mantenemos informados, exigimos rendición de cuentas y participamos activamente en el proceso democrático.
La verdadera fortaleza de la democracia radica en nuestra capacidad para construir, cuestionar y mejorar continuamente. Solo de esta manera podemos garantizar que las generaciones futuras hereden un sistema de gobierno robusto, inclusivo y verdaderamente democrático.


