Por Ericka Cerdas
Flávio Bolsonaro ganó la primera vuelta del domingo con 47% contra 45% de Lula y forzó un balotaje para el 25 de octubre que ninguna encuesta había anticipado. Su mejor resultado estuvo en Roraima, donde sacó 71%. El mejor de Lula estuvo en Piauí, con ese mismo 71%. Los dos estados son pobres y los dos viven de transferencias federales, así que el ingreso explica poco. Piauí tiene la mayor proporción de católicos de Brasil y Roraima la menor de todas.
El Datafolha previo a la votación encontró 52% de intención de voto por Flávio entre los evangélicos y 26% por Lula. Entre los católicos los números se dan vuelta, 50% para Lula y 32% para Flávio. Veintiséis puntos de diferencia según la religión declarada, bastante más de lo que hoy separa a los brasileños por nivel de ingreso, por edad o por escolaridad.
El Partido de los Trabajadores llegó tarde a entender esto y en buena medida por decisión propia. Su lectura del electorado popular siguió siendo la de 2006, cuando Lula se reeligió con el voto de los más pobres después de cuatro años de Bolsa Família. De ahí salió la idea de que mejorar el ingreso de un hogar alcanzaba para conservar su voto. Durante esos mismos años el pentecostalismo crecía en las periferias y el partido lo trató como un fenómeno cultural pasajero que la escolaridad y el consumo terminarían disolviendo. Hoy los evangélicos son 26,9% de la población, casi 47 millones de personas, y mayoría en 244 municipios.
Lo que una iglesia pentecostal ofrece en un barrio donde el Estado llega poco es bastante más concreto que una identidad religiosa. Guardería mientras la madre trabaja, grupos de recuperación para hijos con problemas de droga, contactos para conseguir changas, préstamos informales entre fieles, y un pastor disponible el día que hay que enterrar a alguien o sacar a un chico de una comisaría. Una transferencia monetaria llega al celular todos los meses sin que medie una relación con nadie. Quien cobra un programa social casi nunca sabe a qué gobierno agradecérselo, mientras que quien pertenece a una congregación sabe con precisión a quién le debe qué.
Esa diferencia tiene efectos políticos. La iglesia funciona además como una estructura de comunicación semanal con público cautivo, y la derecha brasileña la usa como tal desde hace tres décadas, justo mientras los sindicatos y las asociaciones de barrio sobre los que el PT se construyó perdían afiliados y reuniones. Datafolha preguntó en julio por el peso de los líderes religiosos en la decisión electoral y 67% de los consultados respondió que ninguno. El mecanismo es más indirecto que una orden desde el púlpito. La congregación es el lugar donde esa gente discute lo que le pasa, y el vocabulario con el que lo discute está hecho de familia, orden, castigo y mérito.
Los datos municipales muestran hasta dónde llegó el desgaste. Lula obtuvo menos votos que en 2022 en 954 de los mil municipios más pobres del país, aunque todavía gana en 971 de ellos. La ventaja sobrevive y se achica en casi todas partes al mismo tiempo. Flávio, en cambio, quedó primero en 967 de los mil municipios de mayor ingreso.
Quedan tres semanas de campaña y lo previsible es que Lula las dedique a visitar templos y a moderar su posición sobre aborto y seguridad. Puede alcanzarle para el 25 de octubre. La dificultad de fondo seguirá intacta, porque su partido todavía tiene que explicar para qué sirve ante gente que dejó de organizar su vida alrededor del empleo asalariado y de la expectativa de ascenso.
El problema es más grande que Lula.
Mientras la discusión electoral giró sobre salarios, jubilaciones e impuestos, siempre hubo algo que repartir y las dos partes volvían a sentarse al año siguiente. Las convicciones sobre la familia, el aborto o la pena se reparten mal. Brasil acaba de mostrar que una pertenencia religiosa ordena una elección presidencial mejor que el ingreso, y falta ver si eso es una particularidad suya o la forma en que se va a votar en América Latina de ahora en adelante. ¿Cuánto falta para que la pregunta decisiva de una campaña sea a qué iglesia va el candidato?


