Por Ericka Cerdas
El reciente documental La caída del PRI, dirigido por Denise Maerker, ha puesto nuevamente sobre la mesa un debate que no se puede ignorar: ¿qué tanto la derrota del partido hegemónico en el año 2000 significó el fin de una era política en México? La alternancia presidencial fue interpretada en su momento como el inicio de una democracia consolidada, pero más de dos décadas después, es evidente que muchas de las prácticas e instituciones creadas bajo el régimen priista siguen vigentes, limitando la capacidad del sistema político para renovarse.
El politólogo Giovanni Sartori advertía que la desaparición de un partido dominante no garantiza la ruptura con la cultura política que lo sostenía. En México, la derrota electoral del PRI supuso un cambio de actores, pero no necesariamente de reglas ni de dinámicas de poder. El logotipo priista dejó de ocupar Los Pinos, pero el “priismo” como forma de operar permanece en los distintos niveles de gobierno.
El clientelismo como constante

Una de las herencias más visibles es el clientelismo, entendido como el intercambio de favores o recursos por apoyo político. Durante décadas, el PRI construyó su base de legitimidad mediante redes clientelares que distribuían beneficios condicionados a la lealtad. Hoy esta lógica sigue presente, aunque con nuevos discursos y mecanismos: transferencias sociales sin padrones claros, apoyos entregados directamente por figuras políticas y el uso electoral de los recursos públicos.
El centralismo disfrazado de federalismo
Otro rasgo persistente es el centralismo. México es formalmente una federación, pero la concentración del poder en el Ejecutivo ha sido una constante histórica. El PRI moldeó un presidencialismo que controlaba al Congreso, a los gobernadores y a la vida interna del partido. Aunque la alternancia prometía contrapesos, en la práctica la dependencia financiera de los estados respecto de la Federación reproduce la subordinación política y limita la autonomía local.
El presidencialismo fuerte
El tercer elemento es el presidencialismo fuerte, con amplias atribuciones formales e informales para el Ejecutivo. Juan Linz, en sus estudios sobre regímenes presidenciales, advirtió que este modelo conlleva riesgos de inestabilidad y de concentración de poder. En México, el presidencialismo ha sobrevivido porque representa un recurso demasiado atractivo para cualquier partido en el poder, incluso para aquellos que llegaron con la bandera de la democratización.
Consecuencias para la democracia
La permanencia de estas prácticas limita la consolidación democrática en dos sentidos principales. Por un lado, reduce la posibilidad de que las políticas públicas respondan a diagnósticos técnicos y de largo plazo, porque se privilegia la lealtad política y el cálculo electoral. Por otro, erosiona la confianza ciudadana: cuando los ciudadanos perciben que las nuevas administraciones repiten las viejas fórmulas, el desencanto democrático se profundiza.
Propuestas para desmontar el priismo cultural
Superar esta herencia exige un conjunto de reformas y cambios culturales. Primero, es necesario institucionalizar la evaluación de los programas sociales, con padrones transparentes, reglas de operación claras y evaluaciones independientes que reduzcan el clientelismo. En segundo lugar urge reformar el federalismo fiscal, de manera que los estados tengan mayor autonomía recaudatoria y responsabilidad en el gasto público. Tercero, se requiere fortalecer al Congreso y a los órganos autónomos, capaces de equilibrar el presidencialismo y de resistir presiones políticas. Finalmente, se debe promover una nueva cultura política ciudadana, en la línea de Robert Putnam, donde la participación social y la educación cívica se conviertan en los verdaderos contrapesos del poder.
El PRI cayó como partido hegemónico, pero sus instituciones siguen de pie. Lo paradójico es que los actores que llegaron prometiendo el cambio terminaron administrando esas mismas estructuras, porque representan un capital político de corto plazo. El desafío de México no es únicamente superar al PRI como partido, sino al “priismo” como cultura política.
Solo cuando se logre desmontar esas inercias, la democracia mexicana podrá consolidarse como un sistema equilibrado, justo y cercano a los ciudadanos. Mientras tanto, la transición seguirá inconclusa y la sombra del priismo continuará proyectándose sobre el presente.





