Votar por el menos malo.

Ericka cerdas

En muchas elecciones recientes, incluida la contienda mexicana del año pasado, el voto dejó de ser una expresión de apoyo para convertirse en una reacción. Mucha gente no llegó a la boleta pensando quién la representaba mejor, sino quién no debía ganar. El llamado al voto útil se volvió casi automático y, en ese proceso, el voto se transformó en una herramienta de contención más que de elección.

El voto protesta no es algo nuevo ni extraño. Albert Hirschman lo explicó hace décadas cuando habló de cómo los ciudadanos reaccionan ante sistemas que ya no les convencen. Algunos se van, otros se quedan en silencio y otros levantan la voz. Votar como forma de protesta es una manera de hablar sin salirse del sistema. No rompe la democracia, pero sí expresa hartazgo.

Canal de whatsapp Politikmnte

Ese hartazgo se nota en México desde hace tiempo. Muchos electores no se sienten representados por ningún candidato. No es apatía, es cansancio. Russell Dalton lo describía como el surgimiento de ciudadanos más críticos, menos fieles a los partidos y más dispuestos a usar el voto para castigar. El problema aparece cuando ese castigo no busca mejorar el sistema, sino simplemente evitar un resultado temido.

Ahí es donde el voto protesta se mezcla con el voto útil.

Teléfono móvil mostrando la interfaz de WhatsApp con una invitación para unirse a un canal, acompañado de textos llamativos en verde y negro.

Anthony Downs explicaba que los votantes suelen actuar de forma racional, eligiendo la opción que minimiza riesgos. Si el candidato que más me gusta no tiene posibilidades reales, voto por quien sí puede ganar y se parece un poco más a lo que quiero. En contextos polarizados, esta lógica se vuelve dominante. No se vota por convicción, se vota por cálculo.

El riesgo es que el cálculo termine sustituyendo a la reflexión. Cuando el voto útil se vuelve la regla, la política deja de girar alrededor de ideas y empieza a girar alrededor del miedo. Pippa Norris advertía que las democracias no se desgastan solo cuando la gente deja de votar, sino cuando votar se convierte en un acto cínico, casi resignado.

Algo parecido se observa en Costa Rica, una democracia con instituciones sólidas pero con ciudadanos cada vez más escépticos. La fragmentación partidaria y la repetición de segundas vueltas han llevado a muchos electores a votar por descarte. No eligen al que más los convence, sino al que menos les preocupa. La estabilidad se preserva, pero el cambio se posterga.

Cuando el voto protesta se canaliza solo a través del voto útil, pierde fuerza transformadora. En lugar de exigir mejores opciones, termina reforzando a las que ya existen. Cas Mudde ha señalado que cuando el enojo ciudadano no encuentra salidas creíbles, se expresa de forma reactiva. Se vota contra algo, no a favor de algo.

Votar por el menos malo puede ser comprensible. A veces incluso necesario. Pero cuando se vuelve costumbre, el mensaje es claro. No hace falta ofrecer mucho, basta con no ser el peor. Ese mensaje empobrece la democracia y baja el nivel de lo que estamos dispuestos a aceptar.

El voto informado no garantiza buenos gobiernos, pero sí ciudadanos más coherentes. Implica informarse, recordar trayectorias, comparar propuestas y asumir que toda decisión implica riesgos. Incluso el riesgo de equivocarse. Brennan y Lomasky hablaban del voto como un acto expresivo. Al votar decimos quiénes somos y qué estamos dispuestos a tolerar.

Si siempre votamos solo para evitar, lo que expresamos es resignación.

México, como Costa Rica y muchas otras democracias, enfrenta este dilema de fondo. No se trata de elegir entre caos y estabilidad, sino entre seguir votando a la defensiva o empezar a exigir algo mejor. El voto protesta puede ser una señal válida. El voto útil puede servir en un momento específico. Pero una democracia que vive solo de reacciones y cálculos de emergencia no se renueva.

Solo sobrevive.

Ericka Cerdas
Columnista
Ericka Cerdas es Internacionalista con especialidad en Sinología por Nankai University China y Maestra en Gestión Pública Aplicada por el Tecnológico de Monterrey. Analiza tendencias globales y su impacto en América Latina. Sus columnas exploran políticas públicas, modelos de gobernanza y la agenda global desde una perspectiva crítica y estratégica.

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