El mal de este siglo.

Por Jafet R. Cortés

Pocas veces se habla de aquella difícil tarea que es devolverle las ganas de vivir a alguien que desde hace tiempo considera que no tiene camino más adelante que valga la pena seguir. Esa ardua tarea de convencer a quien busca acallar aquellas voces que le asedian, aquellos reflejos y ecos que atormentan cotidianamente; silenciarlo todo de forma definitiva, apagar la agonía que significa el ahora, detener el pasado que juzga de tanto recordarle. Podemos sentirnos identificados con alguno de estos personajes, tanto quien busca dar aliento, como quien no quiere continuar, o quizás con la integralidad de ambos en uno mismo.

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No todo el tiempo tenemos forzosamente que estar bien y de buenas, pese a la agotadora presión social que nos exige estarlo, pero transitar por ese camino peligroso requiere que estemos conscientes de los riesgos que implican no querer,o peor aún, no poder salir de ahí.

Lo anterior deviene de un pensamiento que retumbó severamente en mí cuando leí La Condesa Sangrienta, obra escrita por Alejandra Pizarnik. Pese al contenido terrorífico del libro, repleto de narraciones crudas sobre las sanguinarias torturas y brutales asesinatos de cientos de mujeres menores de edad, cometidos por la Condesa Erzébet Báthory, que desesperadamente buscaba bañarse en la sangre de sus víctimas para no envejecer, Pizarnik se tomó el tiempo para integrar ciertos detalles ficcionales sobre la psicología del personaje, que engarzaban como una proyección viva de la realidad de la escritora en ese momento.

La explicación que proponía Pizarnik para las acciones crueles e inhumanas de la Condesa, eran que ella padecía el mal del siglo XVI, la melancolía. Logró pintar en uno de sus pasajes el color que para ella caracterizaba a la melancolía, el invariable color de luto que pinta los espacios interiores de la persona que la padece; donde nada pasa, ni nadie pasa. Describía ese interior del melancólico como un lugar sin decorados, donde el yo inerte era asistido por el yo que sufre por esa inercia de seguir, callando aquellos síntomas a través de remedios fugitivos como los placeres sexuales, que pueden borrar por un lapso muy corto la silenciosa galería de ecos y de espejos que son el mal del melancólico.

Claro que Pizarnik escribía de melancolía porque la padecía. Padecía aquella melancolía profunda e incesante, repleta de ecos y de espejos que le asediaban; aquella depresión que la llevó a quitarse la vida en 1972, cuando apenas tenía 36 años. Seis años antes de morir, en 1966, fue publicado aquel libro inspirado en la historia real de la Condesa Húngara, que le permitió, como todo artista, dejar un poco de todo lo que sentía en el camino creativo de escribir.

 La melancolía fue el mal del siglo XVI cuando vivió Báthory, del siglo XX cuando vivió Alejandra Pizarnik, y también podría considerarse como el mal de este siglo; uno de los males de la humanidad, que peligrosamente acumulado se transforma en aquel espejo que corta, en aquellos ecos que abaten por insistencia; en esa prolongada tristeza; esa enfermedad que muchos padecen y callan; que muchos que no la viven juzgan, violentan, ignoran.

DELGADA LÍNEA

Existe una delgada línea que divide la melancolía; dos vertientes que encierran dos versiones. Un rostro que nos muestra un lado sublime que se disfruta de la melancolía, y otra cara que nos hunde en las profundidades abisales de la vida.

La primera, es visualizada como una más de las emociones que uno puede sentir y vivir como seres humanos, aquella que ciertas personas disfrutan en dosis controladas a través del consumo de historias engarzadas en melodías, videos, películas; relatos cotidianos que evocan recordar con tristeza, o simplemente que nos hacen tomar aquel sentimiento prestado y vivirlo como si fuera propio, pudiendo salir en cualquier momento de ahí, sabiendo claramente dónde se encuentra la salida. Mientras que la segunda, nos ahoga en las profundidades de un abismo infinito del cual no podemos salir, del cual ni siquiera podemos visibilizar la salida.

El peligro radica en el segundo rostro que posee la melancolía, que, en ciertas ocasiones, sin darnos cuenta, aquella pequeña tristeza resguardada en nuestro pecho, la encontramos fortalecida, haciendo metástasis en el espíritu, corrompiendo todo. En ese momento se vuelve indispensable recibir ayuda.

En ocasiones preguntamos a los demás por cómo están, pero nos conformamos con las respuestas cortas; pocas veces nos preocupamos por indagar más a profundidad sobre cómo se encuentran en realidad. Ahí habitan aquellas historias de lucha por vivir, que podrían ayudarnos a comprender la verdad, brindar aquel auxilio que de alguna forma les haga sentir esa calidez que quizás desde hace tiempo estaban esperando.

Jafet Cortés
Columnista

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