SE VA, SE FUE.

Por Jafet R. Cortés

No pude más con ello. Le sostuve el tiempo que pude, pero terminó desprendiéndose de mis manos. Soluble, se filtró junto con mis lágrimas, desencantos y sonrisas rumbo al ayer, terminando en ese momento justo de no retorno, donde no queda más por hacer que el lamento o la satisfacción de lo vivido.

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Por más que quise aferrarme a su consistencia, aquel fluido espeso no tuvo piedad, siguió su curso natural pese a que eso conmocionara mis sentidos, aturdiera mi poca capacidad de reaccionar ante el cambio, desarmara todo pronóstico positivo, me encaminara a la dolorosa soledad, el despiadado encuentro conmigo mismo.

Al impactar con el piso, aquella sustancia se unió a la tierra, transformándola en algo más, un monolito de piedra, una tumba más entre todo el cementerio de sueños, ideales y despojos.

Tomamos decisiones, como es natural, y aquellas van dirigiendo el rumbo. Nos llevan a lugares distintos, cambian lo que somos; nos mantienen siempre en movimiento, en constante transformación.

Llegan oportunidades, nos exigen a contrarreloj decidir pronto, momentos clave que van diluyéndose de nuestras manos, a la vista del mundo, sin que nada podamos hacer para detenerles; el tiempo les empuja hacia atrás, mientras a nosotros nos jala hacia adelante.

El tiempo nos priva de todo, mientras nosotros buscamos desde la creación romper con esa naturalidad; nos aferramos a la construcción de redes que ayuden a pescar del ayer aquello que en su momento no valoramos, esas oportunidades que se nos fueron de las manos, que no volverán, y si lo hacen, no será de la misma forma.

Nadie lleva una cuenta precisa, pero estoy seguro que, si rememoramos, podríamos tener una cuenta aproximada de cuántas oportunidades se nos han ido de las manos, ya sea por pensarlas mucho o por apresurarnos demasiado. El remordimiento de lo que no fue, es una pesada carga, difícil de lidiar; imaginamos líneas temporales que nunca existirán, destinos que suponemos hubieran pasado si tomábamos otras decisiones.

En ese tormentoso viaje, el remordimiento es quien funge como responsable de todo, se vuelve el capitán de aquel deteriorado navío, toma las riendas de lo que estamos viviendo y nos aprisiona en el viaje que conduce al ineludible destino de sufrir.

Nos desgarra el corazón lo que no fue, casi tanto como lo que es; pensar en aquellas lecciones que llegaron tarde, cuando ya no podíamos dar vuelta atrás, abortar misión, cambiar de rumbo.

Por más que queramos, hay momentos donde no hay retorno, la suerte se encuentra echada y no hay nada más que hacer para ayudar a cambiar el rumbo, sólo queda esperar el desastre que se encuentra más adelante, aceptar todo lo que no podamos modificar y prepararnos para el impacto.

Se van, se siguen yendo de nuestras manos, de nuestra vista, pero aferrándose unos segundos más al pensamiento. Mientras tanto, la vida de aquellas oportunidades -ya caducas- convierten al ayer en su hogar, una tumba.

Jafet Cortés
Columnista

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