Por Mariana Duarte Rodríguez
Desde su llegada al poder, Donald Trump ha sido una figura disruptiva en el orden internacional. Su estilo confrontativo, su rechazo al multilateralismo y su enfoque transaccional han re-definido las relaciones diplomáticas y comerciales de Estados Unidos. A menudo catalogado como “impredecible” o incluso “loco”, su forma de actuar responde a una estrategia clara: anteponer los intereses estadounidenses y desestabilizar el status quo global en su beneficio.
Trump ha puesto en duda alianzas tradicionales y ha generado incertidumbre en instituciones como la OTAN, el G7 y la ONU. Su administración ha favorecido acuerdos bilaterales en lugar de tratados multilaterales, lo que ha debilitado la confianza de los aliados de Estados Unidos en su compromiso con la estabilidad global.
Uno de los efectos de su liderazgo ha sido la re-configuración de las alianzas globales. Europa ha buscado reducir su dependencia de EE.UU., mientras que potencias como China y Rusia han aprovechado el vacío de liderazgo para expandir su influencia.

En los últimos meses las decisiones tomadas por el ente de Estados Unidos y por lo tanto de Trump han sacudido el orden internacional, como por ejemplo las recientes negociaciones con Ucrania en un intento de buscar una solución al conflicto con Rusia, Trump confirmó que su administración ha discutido con Ucrania la posibilidad de perder territorios en un eventual tratado de paz.
Esta postura refleja su visión pragmática de los conflictos internacionales, además como su infalible táctica de confrontación mediática para verse como un “ganador” ante el mundo. Otro ejemplo notable es el caso de un intento de anexar Groenlandia ya que en repetidas ocasiones Trump ha reavivado su interés en adquirir Groenlandia, argumentando razones de seguridad nacional.
Su insistencia ha causado fricciones con Dinamarca y ha puesto de manifiesto su interés en asegurar recursos estratégicos en el Ártico, tomando gran auge su interés en formar parte de las ya existentes negociaciones por los recursos en la zona ártica, y también se pone sobre la mesa el tema del Canal de Panamá en un movimiento destinado a contrarrestar la influencia china en América Latina, Trump ha ordenado al ejército estadounidense estudiar planes para “reclamar” el Canal de Panamá, una de las rutas comerciales más importantes del mundo.
Nuevamente retomando el papel de protagonista y dando a entender que en realidad la hegemonía nunca se perdió solo se movió un poco del eje.
Trump ha adoptado una diplomacia basada en transacciones, donde el poder económico y militar se usa como herramienta de negociación. Esto ha llevado a guerras comerciales con China, disputas con Canadá y México, y tensiones con la Unión Europea.
Su mentalidad empresarial ha transformado la manera en que EE.UU. maneja sus relaciones exteriores, priorizando resultados inmediatos sobre compromisos a largo plazo. Esto ha generado tanto oportunidades como riesgos, dejando a sus aliados en una constante incertidumbre.
Si bien Trump es visto por muchos como un político errático, su impacto en la geopolítica es innegable. Ha desafiado las normas establecidas y ha obligado a otros países a replantear su papel en el orden mundial.
Sus acciones pueden parecer impulsivas, pero responden a una lógica en la que EE.UU. busca recuperar su hegemonía en un mundo multipolar. Aunque su estilo es controversial, ha logrado re-posicionar a su país en el centro del debate global, dejando claro que su influencia seguirá marcando el rumbo de la política internacional en los próximos años.
¿Y tú crees que las acciones de Trump están debilitando el sistema internacional o, por el contrario, están revelando sus fallas y obligando a una re configuración del poder global.‘


