Una opinión de Miguel Vicente
Sobrevivir, vivir después de la vida, vivir después de pisar Culiacán.
El mismo concepto literario nos evoca a una interpretación más allá de la simple vida, el verbo intransitivo no tiene un objeto directo, pero asume un acto después de la peripecia culichi.
Y es que en Culiacán, en efecto no se vive, se sobrevive, somos conscientes del lugar que ocupamos en este mundo, el camino de minas donde pisamos cada día para realizar nuestra agenda cotidiana y aún así, avanzamos, nos convertimos insensibles a la tragedia ajena y vemos cada día la tragedia personal como una posibilidad.
En esta travesía de supervivencia, algunos utópicos consideran que se puede vivir de otro modo, otros ya están resignados.
Y en esta resignación ubicamos los signos que nos representan, un signo de Culiacán, por ejemplo, es la narcocultura. Estamos asignados a una cultura que heredamos y que contribuimos, resignados incluso algunos a legitimar lo que viven a diario, normalizando, supeditados a la concupiscencia de la violencia, consignandose a ella.

Nos signamos, y nos resignamos a una vida llena de violencia.
Pero es la supervivencia la que nos ha dado lecciones de que esto se puede cambiar, la inteligencia y la capacidad de discernir del ser humano mediante un proceso de pensamiento y razonamiento, es lo que le ha llevado a ser la especie dominante en la naturaleza. Cambiamos leyes, cambiamos políticos y también podemos cambiar culturas.
Hay que decirlo, las oportunidades cortoplacistas que genera a la sociedad convivir con la narcocultura en Culiacán, ha hecho que nos relajemos en su interés y necesidad de conocer a profundidad el daño que nos genera. Nos consideramos totalmente protegidos, y bendecidos en una tierra que por alguna vía, esta cultura pone a disposición lo necesario para subsistir, nos encontramos seguros en nuestra ignorancia asumida y cómoda.
Pero esa situación completamente artificial y perentoria hoy se ve truncada por circunstancias ajenas a nuestra voluntad; propias de sus negocios, arriesgando a que nuestra vida y la de los que nos rodean puede verse seriamente comprometida por no estar debidamente preparados, formados o al menos informados de cómo atenuar con las consecuencias de lo que tenemos en casa.


