Por Natalia Aguilar
Mientras el Zócalo capitalino se cubre de flores, danzas y proyecciones para celebrar los “700 años de nuestras raíces indígenas”, en las montañas de Chiapas se apagan voces que defendían esas mismas raíces.
En este 2025, el Gobierno Federal impulsa una narrativa que exalta el origen mexica de nuestro país: nombres náhuatl en plazas, rituales prehispánicos transmitidos en cadena nacional. Pero ¿De qué sirve mirar con orgullo al pasado si seguimos siendo indiferentes al presente?
Porque mientras en la capital se celebra, en territorios como Oaxaca, Sonora y Chiapas, comunidades indígenas enfrentan violencia, despojo y muerte por proteger la tierra que habitan. En Chiapas, el caso más reciente fue el asesinato del padre Marcelo Pérez Pérez, sacerdote tzotzil y defensor incansable de los derechos de los pueblos originarios.
El 20 de octubre de 2024, el padre Marcelo fue asesinado a plena luz del día, justo después de oficiar misa en el barrio de Cuxtitali, en San Cristóbal de las Casas. No fue un crimen aislado, sino un mensaje: en los territorios indígenas, quienes median por la paz, denuncian la presencia del crimen organizado, se oponen al despojo y a megaproyectos son silenciados.
Y este no es un caso único. México sigue siendo uno de los países más peligrosos para defender el territorio. La gran mayoría de quienes son asesinados por proteger el medio ambiente y los bienes comunes son indígenas.
La contradicción es profunda y dolorosa. Se nombran a los pueblos originarios como guardianes del maíz, pero se les encarcela por oponerse a proyectos extractivos. Se los llama hijos de la tierra, pero se militarizan sus territorios. Se les homenajea en discursos, pero se les entierra en silencio.
Quienes realmente honran la memoria de nuestros ancestros no son quienes decoran monumentos, sino quienes cuidan la tierra como parte de su cuerpo y su historia. Las defensoras y defensores del territorio no solo luchan por su comunidad, sino por un futuro donde no haya que morir por el agua, el bosque o la palabra.
No queremos un pasado glorioso mientras el presente arde. Queremos justicia para los pueblos que siguen resistiendo. Queremos que el reconocimiento no sea ceremonial, sino estructural. Que la memoria no sea solo homenaje, sino reparación.
¿De qué sirven las raíces si seguimos cortando el árbol?


