Por: Natalia Aguilar
En estos días se llevó a cabo la Local Conference of Youth (LCOY) capítulo México, un proceso oficial reconocido por YOUNGO —el grupo de infancia y juventud de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC)— como antesala a la COP30. Junto con las Cumbres Climáticas Juveniles (CCJ), realizadas en distintos estados del país, estos espacios representaron algo más que encuentros: fueron ejercicios de imaginación colectiva y de toma de postura frente a la crisis climática.
Tuve el privilegio de ser líder de mesa en uno de los ejes más vitales: del colapso a la comunidad, enfocado en decrecimiento, sistemas alimentarios y agua. Ahí, en el centro del diálogo, lo que más me conmovió no fueron las cifras ni las políticas —aunque también importan—, sino la esperanza viva que aún habita en tantas juventudes. Chicas y chicos que, pese a los múltiples colapsos, siguen creyendo que es posible habitar el mundo de otra forma. Que no se rinden.
A diferencia de años anteriores, cada vez hay más juventudes mexicanas interesadas y preparadas para participar en estos espacios internacionales. La presencia de México en anteriores COP ha sido constante, aunque muchas veces centralizada o limitada a ciertos perfiles. Hoy, la participación se diversifica, se descentraliza, se llena de acentos, contextos y luchas locales que reclaman ser escuchadas en un escenario global.
Pero también aprendí algo más: que estos espacios nos confrontan con el ego. Porque no basta con hablar de sostenibilidad, justicia o transición si no nos atrevemos a desmontar la competencia, el protagonismo, el querer imponer nuestras ideas. En contextos como estos, hay que dejar de hablar desde el ego y empezar a hablar desde lo eco: de lo que nos une, nos afecta, nos sostiene.
La preparación hacia la COP30 no puede ser sólo un trámite diplomático; debe ser una acción profundamente política y comunitaria. Las juventudes no están pidiendo permiso para actuar: ya están elaborando propuestas, visiones y rutas que desafían el modelo de desarrollo actual. Y no quieren ser usadas como símbolo: quieren ser parte de la toma de decisiones.
Pero, qué es la COP30?
La COP30 (Conferencia de las Partes número 30) es la próxima cumbre climática de la ONU, que se celebrará en 2025 en Brasil, y reunirá a líderes de todo el mundo para evaluar los avances del Acuerdo de París y definir nuevas metas frente a la crisis climática. Será una edición clave: marcará el segundo balance global (Global Stocktake) y el inicio de una nueva ronda de compromisos nacionales de reducción de emisiones. Además, por celebrarse en América Latina, la región tendrá un papel protagónico, y eso representa tanto una oportunidad como una responsabilidad para quienes defendemos la justicia climática desde el Sur.
Desde lo vivido en la LCOY y las CCJ, lo que queda claro es que la transición socioambiental no se construye en solitario. Requiere de redes, alianzas y afectos que resistan el desgaste y mantengan encendida la llama de la transformación. No podemos seguir esperando que los gobiernos lo hagan todo; pero tampoco permitiremos que nos arrebaten el derecho a decidir sobre el futuro que habitaremos.
La COP30 será en Brasil, en territorio latinoamericano, donde la justicia ambiental no es una consigna sino una necesidad urgente. Que llegue con la fuerza de lo que sembramos en lo local. Que llegue con nuestras voces, pero también con nuestras prácticas.
Porque el futuro no se decreta. Se construye —o se derrumba— desde ahora.


