Una columna de Raúl Hernández
Los sinaloenses despertamos cada mañana con incertidumbre, nerviosismo y sin deseos de salir a la calle para realizar nuestras actividades diarias. El mes patrio se ha convertido en un mes al grito de guerra. Las autoridades se esfuerzan por mantener la tranquilidad en un estado que anhela certezas y seguridad. Sin embargo, uno de los poderes fácticos en Sinaloa se ha avivado, y solo el tiempo dirá cómo y cuándo terminará esta situación.
Aunque algunos intenten “tapar el sol con un dedo”, hay que decir lo que todos saben: ha comenzado una guerra interna entre las dos principales facciones de uno de los carteles más poderosos de México, junto con el CJNG. Esta violencia tiene el potencial de afectar profundamente todos los aspectos de la vida en el estado, desde la seguridad personal hasta la economía, el turismo, la educación y el tejido social.
Estamos viendo una re-estructuración interna de un cartel que no volverá a ser el mismo, y el impacto a largo plazo dependerá de la capacidad del gobierno y las instituciones para restaurar la paz y el orden.

Es importante recalcar que estos hechos han sido incentivados por la injerencia de Estados Unidos a través de la DEA (Administración de Control de Drogas). Esta intervención ha desencadenado una lucha de poder en Sinaloa, una especie de “Juego de Tronos”. Mientras ellos negocian sus tratos, nosotros pagamos las consecuencias de los platos rotos. Tiran la piedra, esconden la mano y dejan que el avispero de violencia se desate. Mientras tanto, las autoridades estadounidenses se limitan a emitir recomendaciones y alertas de viaje a sus ciudadanos, sin preocuparse por el bienestar de los nuestros.
Somos víctimas de una bola de nieve que no deja de crecer.
En México, la realidad supera la ficción de cualquier guionista. La historia se está escribiendo, y Sinaloa parece estar viviendo una temporada de Narcos: México en proceso. Todo puede suceder, pero no podemos dejarlo a la suerte, ni minimizar lo ocurrido. Necesitamos un gobierno fuerte, que esté del lado del pueblo, que reaccione ante la crisis de seguridad, y que se ponga a la altura de la situación.
Un gobierno que trabaje por la estabilidad de Sinaloa.
Ante la violencia que ha azotado gran parte del estado, especialmente en la capital, Culiacán, la respuesta del gobierno ha sido tardía. Tras bambalinas, se debe buscar priorizar la cordura para detener esta ola de violencia que afecta a todos y en la que nadie gana. Sin embargo, a estas alturas, ese escenario parece poco probable. Debemos prepararnos para el peor de los escenarios: un conflicto prolongado. Los ingredientes para un cóctel explosivo están ahí, y aunque el epicentro sea Sinaloa, la violencia puede replicarse en otros estados del país donde la organización tiene presencia.
Evaluación de daños…
No sabemos quién saldrá vencedor, pero lo que sí sabemos es que los sinaloenses estamos sufriendo las consecuencias. Sinaloa tiene mucho que perder. La violencia refuerza el estigma de la mala fama, alimentada por la cobertura mediática negativa y el daño a la imagen del estado. Esto provoca la fuga de inversiones y la pérdida de confianza, traduciéndose en tratos cancelados y afectando el crecimiento económico a largo plazo. Además, el turismo, tanto interno como externo, se verá drásticamente reducido por la inseguridad, que no podemos cancelar ni reprogramar.
Los negocios enfrentan pérdidas y una caída en las ventas; sectores productivos quedan paralizados; y la sociedad, sumida en el estrés y la ansiedad. Las escuelas permanecen cerradas indefinidamente, y en algunas comunidades, el reclutamiento y el desplazamiento forzado se han vuelto una cruda realidad.
Mientras tanto, la población comienza a perder la confianza en sus autoridades.
Culiacán empieza a parecer una ciudad con sectores abandonados, sin estado de derecho. Basta con una sola persona que pierda la empatía por tu vida y decida privarte de tu libertad, robar tu vehículo o incluso tu futuro, y ¿quién va a intervenir? Estamos arriesgándolo todo, y los sinaloenses solo queremos seguir adelante. Deseamos volver a nuestras rutinas: trabajar, hacer ejercicio, ir al cine un jueves por la noche sin miedo de estar en el lugar equivocado, en el momento equivocado, por culpa de personas equivocadas.
Queremos nuestro tiempo y nuestra rutina de vuelta. Necesitamos que cuiden a los más vulnerables, aquellos que viven al día y no pueden detenerse. Nos están robando el mes patrio. Estamos en septiembre, cuando deberíamos celebrar el orgullo de ser mexicanos, pero lo pasaremos encerrados, privados de libertad y, en última instancia, de nuestra independencia.
Los sinaloenses somos personas que nos apoyamos en las buenas y en las malas, una sociedad unida por el bienestar de Sinaloa y de México. Somos un pueblo esperanzado en un mejor futuro, resiliente y resistente. Como siempre, sabremos sobrellevar la situación. Saldremos adelante, durante y después de los tiempos difíciles, porque somos y seremos más fuertes.
Dios bendiga a Sinaloa.


