Una opinión de Diana Sugey
Hace poco dimos la bienvenida al nuevo año, por lo general las festividades de fin de año suelen evocar imágenes de reuniones familiares, celebraciones y esperanzas renovadas para el inicio de un nuevo ciclo. Sin embargo, en Sinaloa atravesamos momentos de violencia prolongada que hicieron que estas fechas adquirieran un significado completamente distinto. En estas fechas el sonido de fuegos artificiales puede confundirse con balazos, una situación que no es nueva, pues es bien sabido que en muchos lugares del estado se acostumbra a disparar al aire en punto de la medianoche para recibir el nuevo año, una práctica que refleja la narcocultura que permea la entidad.

Para muchas personas, el cierre de este año se tornó doloroso, pues las ausencias en la mesa se sienten más profundas, y la incertidumbre sobre el futuro eclipsa el optimismo típico de la temporada. La situación ha provocado que muchos sinaloenses se encuentren desempleados, que algunos hayan tenido que dejar el estado o que estén transitando el duelo por la pérdida de algún familiar o amigo.
En estas circunstancias, el fin de año e inicio de este puede intensificar sentimientos de pérdida, impotencia y desconexión. Las personas que enfrentan violencia pueden sentirse desarraigadas, alejadas de los rituales colectivos que ofrecen sentido y comunidad. Por otro lado, quienes han migrado o han sido desplazados como consecuencia de la violencia pueden experimentar nostalgia por las tradiciones que ya no pueden compartir con los suyos.
No obstante, incluso en medio de la adversidad, es posible encontrar destellos de resiliencia y esperanza. Tal parece que los ciudadanos han desarrollado mecanismos de afrontamiento que les permiten resistir. Los pequeños gestos, como un brindis simbólico o la creación de nuevas tradiciones adaptadas a las circunstancias, ayudan a mantener un sentido de humanidad y conexión.
Desde una perspectiva terapéutica, estas fechas pueden ser una oportunidad para practicar la gratitud enfocada en lo pequeño: celebrar los logros personales, valorar los momentos de tranquilidad y fomentar conexiones significativas. Además, brindar apoyo psicosocial a quienes viven en entornos de violencia prolongada es crucial. Espacios seguros para expresar emociones, grupos de apoyo y actividades colectivas pueden ayudar a mitigar los efectos de la violencia y a reconstruir redes de solidaridad.
El inicio de un nuevo año, aunque lleno de incertidumbre, también puede ser un recordatorio de la capacidad humana para reconstruir, resistir y soñar con un futuro diferente. No debemos subestimar el poder de la esperanza y la importancia de trabajar para transformar entornos violentos en espacios donde las personas puedan celebrar, no solo sobrevivir.


