Por Pisicóloga Diana Sugey Mendoza
Hoy, miércoles 10 de septiembre, conmemoramos el Día Mundial de la Prevención del Suicidio, una fecha que nos invita a reflexionar sobre una problemática dolorosa y compleja que toca a miles de familias en todo el mundo. Hablar de suicidio es hablar de la experiencia humana en su faceta más vulnerable: el sufrimiento que muchas veces no encuentra palabras, escucha ni acompañamiento.
En mi experiencia profesional, he observado que quienes contemplan el suicidio no desean realmente morir; lo que buscan es dejar de sufrir. El dolor emocional se vuelve tan intenso, tan insoportable, que parece no haber salida posible. En ese estado, el suicidio aparece como la única alternativa para silenciar un malestar que no ha encontrado alivio.

El sociólogo Émile Durkheim, en su clásico ensayo El suicidio (1897), afirmaba que las sociedades con mayor cohesión social presentan menores tasas de suicidio. Esto se debe a que las personas se sienten acompañadas, escuchadas y sostenidas por sus lazos comunitarios. En contraste, en contextos donde predomina la fragmentación, el individualismo y la indiferencia, los índices de suicidio aumentan. La soledad no es solo un estado emocional: puede convertirse en un factor de riesgo mortal.
Estudios recientes muestran que los adolescentes, los jóvenes y los adultos mayores se encuentran entre los grupos más vulnerables. Los primeros porque enfrentan la presión de construir su identidad, sus vínculos y su futuro en un mundo marcado por la incertidumbre; los segundos porque a menudo viven pérdidas, enfermedades, exclusión o aislamiento social. En ambos casos, el sentimiento de vacío y desconexión puede ser devastador.
Las implicaciones del suicidio son profundas. A nivel personal, la persona que lo contempla suele experimentar desesperanza, culpa, incomprensión y una soledad abrumadora. A nivel familiar, deja huellas de dolor, preguntas sin respuesta y una sensación de impotencia difícil de superar. Y a nivel social, refleja la fragilidad de nuestras redes comunitarias, la falta de espacios para hablar de la salud mental sin estigma, y la urgencia de reforzar la cultura del cuidado mutuo.
¿Cómo acompañar a quienes atraviesan estos momentos oscuros? La respuesta no siempre está en grandes discursos, sino en gestos cotidianos: escuchar sin juzgar, validar el dolor del otro, ofrecer nuestra presencia sincera y recordarles que no están solos. A veces, una conversación empática puede marcar la diferencia entre rendirse o buscar ayuda.
Este Día Mundial de la Prevención del Suicidio debe ser un llamado a la acción: necesitamos sociedades más cohesionadas, sensibles y humanas. Hablar de salud mental con apertura, educar en la empatía desde la infancia y fortalecer nuestras redes de apoyo son pasos esenciales. Prevenir el suicidio no es tarea de unos pocos especialistas, es una responsabilidad colectiva.
Porque en el fondo, lo que salva vidas no es solo la ausencia de dolor, sino lapresencia del otro.





