El Dilema de la Ruptura: ¿Cómo sobrevivir cuando no puedes decir adiós por completo?

Diana Sugey Mendoza

Por Diana Sugey Mendoza

Las rupturas amorosas son momentos dolorosos, no solo porque perdemos a una pareja, sino porque debemos despedirnos de sueños, ideales y de lo que pensábamos que sería el futuro. Al principio, todo es hermoso y lleno de expectativas, pero con el tiempo, las señales de que algo no está funcionando se vuelven claras. Sin embargo, cuando llega la ruptura, también nos enfrentamos a un duelo. Según Elisabeth Kübler-Ross, este duelo pasa por etapas como negación, ira, negociación, depresión y aceptación. Estas etapas no son fijas ni lineales, y cada persona las vive de manera única.

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El dolor se intensifica cuando no podemos cortar completamente los lazos. Si seguimos compartiendo círculos sociales, trabajo o incluso hijos, la ruptura se convierte en algo aún más difícil de llevar. En estos casos, el “contacto cero” se vuelve casi imposible. Nos enfrentamos a la paradoja de tener que seguir viendo a la persona que hemos dejado ir, lo que genera una constante exposición al dolor y una sensación de que el duelo nunca termina. Además, la renuncia a actividades o espacios que compartíamos con esa persona puede sentirse como una segunda pérdida: ya no solo estamos despidiéndonos de la relación, sino también de una parte de nuestra vida que disfrutábamos.

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Walter Riso, en su libro “Desapegarse sin anestesia”, plantea que el ideal sería poder seguir viendo a la persona después de la ruptura sin que eso nos cause sufrimiento. Pero este desapego emocional no es algo que suceda de inmediato; es un proceso largo que requiere tiempo y aceptación. Aceptar que esa relación ya no tiene futuro y que la otra persona no tiene por qué seguir siendo parte de nuestra vida de la misma manera es difícil, pero necesario para sanar.

No existe una “forma correcta” de manejar una ruptura. Algunos optan por cortar todo contacto y borrar por completo a la ex pareja de su vida, mientras que otros prefieren encontrar una manera de convivir de forma respetuosa. El reto está en encontrar el equilibrio entre lo que necesitamos para sanar y lo que debemos seguir compartiendo, especialmente cuando hay hijos o responsabilidades comunes.

Al final, lo que está en juego no es solo la relación con la otra persona, sino nuestra capacidad de trascender el dolor. La ruptura nos desafía a soltar lo que fuimos, lo que pensábamos que éramos, para reinventarnos en un nuevo ser. El dolor es una puerta, no solo a lo que perdemos, sino a lo que aún podemos encontrar dentro de nosotros mismos. Quizás el verdadero desafío no es evitar la tristeza o el duelo, sino aprender a coexistir con ellos, permitiendo que nos moldeen sin consumirnos. En ese sentido, la ruptura se convierte en un espacio fértil donde, aunque todo parezca desmoronarse, algo nuevo puede germinar: la capacidad de vivir y amar de una forma más madura y libre.

La despedida, aunque dolorosa, también es una invitación a la renovación. En el vacío que deja una relación rota, podemos aprender a llenarnos de nosotros mismos, para finalmente, aprender a vivir sin depender de lo que ya no es.

Sugey Mendoza
Columnista
La Maestra Diana Sugey Mendoza Cital es Licenciada en Psicología y se ha desempeñado con gran compromiso en distintos ámbitos de la formación, atención y reflexión psicológica. Actualmente, coordina el área de Psicología en la Unidad de Bienestar Universitario de la Universidad Autónoma de Sinaloa. Es también docente en la Facultad de Psicología. Cuenta con una sólida formación académica complementada con diplomados en Psicología Clínica, Psuiquiatria y salud Mental y Actualización en Docencia. Su formación de posgrado incluye una Maestría en Investigación Educativa. Ha colaborado en libros como títulados "Des-centramientos sobre la panadería desde la postpandemia" e "Interdisciplinariedad en educación". Y autora del libro Efectos de la ausencia del padre en la singularidad de la infancia.

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