Una opinión de Diana Sugey Mendoza Cital.
Sinaloa, un estado ubicado en el noroeste de México, es tristemente conocido por ser uno de los epicentros de la violencia en el país, debido principalmente a la presencia del Cártel de Sinaloa, una de las organizaciones criminales más poderosas del mundo. Esta violencia, que incluye enfrentamientos armados, homicidios, secuestros y desapariciones, ha tenido un impacto devastador en la vida de las personas y en la cohesión social del estado.
Lamentablemente, desde el 09 de septiembre, hace ya un mes, el estado, especialmente en la ciudad de Culiacán, ha sido secuestrado por la violencia. Las personas viven con incertidumbre, miedo y zozobra, sin saber qué sucederá ni si al salir de casa podrán regresar sanas y salvas. Se vive en un momento de desamparo, donde la seguridad no está garantizada por el Estado. Cuando una ciudad es golpeada por la violencia de manera continua, las consecuencias van más allá de las cifras de homicidios o los daños visibles en su infraestructura.
La violencia prolongada tiene un impacto psicológico profundo en sus habitantes, que se ve reflejado en la manera en que las personas viven, piensan y se relacionan con su entorno. Esta realidad afecta a todos y todas: desde los más jóvenes hasta los ancianos, alterando la dinámica social y dejando una marca en la salud mental colectiva.

Tras este periodo de tiempo las personas sienten miedo, por lo tanto, el miedo se vuelve un acompañante constante en sus vidas. La incertidumbre sobre lo que puede suceder mañana genera un estado de alerta continua, un “hipervigilancia” que desgasta emocionalmente y afecta el bienestar general. Las personas han comenzado a modificar sus rutinas, limitando sus movimientos y decisiones por temor a ser víctimas de la violencia, lo que erosiona la libertad básica de vivir sin miedo. Incluso los restaurantes, centros comerciales, escuelas han tenido que modificar sus horarios para no poner en riesgo el bienestar de los individuos.
Sin darnos cuenta, la ansiedad se ha convertido en un mal generalizado, afectando a todos los sectores de la sociedad, desde los niños y niñas que crecen en un ambiente inseguro hasta los adultos que deben tomar decisiones bajo la sombra del peligro.
El temor de salir de casa y no saber si se podrá regresar a salvo es una carga emocional devastadora, que aumenta los niveles de estrés y desencadena trastornos de ansiedad generalizada en muchos. Me ha tocado presenciar como las personas a ciertas horas de la tarde se ponen ansiosos por regresar a casa porque sienten que al meterse el sol sus vidas corren peligro, temen que los asalten, les roben el carro o los priven de la libertad.
La desesperanza es otro efecto común de la violencia prolongada. Al tener varias semanas en esta situación, las personas han empezado a pensar que tienen que adaptarse a esta “nueva normalidad” y hacer de la violencia una forma de vida a largo plazo. En algunos casos, esta perspectiva alimenta la depresión, que se manifiesta a través de la apatía, la pérdida de interés en la vida cotidiana y, en algunos casos, pensamientos suicidas. La depresión no solo afecta a nivel individual, sino que también contribuye a la desintegración social, ya que muchas personas pierden la motivación para participar activamente en la vida comunitaria, teniendo como resultado a una sociedad desintegrada.
Tras la violencia prolonga que hemos estado experimentando en las ultimas semanas, el miedo, la ansiedad, el trauma y desesperanza se han convertido en el pan de cada día. Si no se aborda de manera integral, el impacto psicológico de la violencia continuará afectando a generaciones futuras.
La salud mental debe ser un eje central en cualquier estrategia para restaurar la paz en una ciudad; sin ella, la recuperación plena es imposible.


