Entre propósitos, pausas y olvidos.

Diana Sugey Mendoza

Por Diana Sugey Mendoza

La temporada decembrina suele venir acompañada de una pausa colectiva. Muchas personas salen de vacaciones, no solo porque el calendario lo permite, sino porque social y culturalmente se trata de una época destinada a la familia, a las cenas compartidas, a los festejos y a dar la bienvenida a un nuevo año. Son días que se viven como un respiro necesario después de meses de exigencia constante.

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Para muchas personas, esos quince días representan descanso, más horas de sueño, limpiezas profundas, no solo del hogar, sino también emocionales  , viajes o simplemente la posibilidad de no hacer nada. A esta pausa se suma una motivación simbólica: el cierre de un año. El fin de ciclo suele activar la reflexión sobre lo vivido, lo perdido, lo aprendido y lo que se espera dejar atrás. El inicio de un nuevo año se convierte, casi mágicamente, en la promesa de que algo cambiará.

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Aunque sabemos que el futuro es incierto, también es cierto que intentamos domesticarlo a través de planes, listas de propósitos y metas. Nos decimos que este año sí será diferente. Que ahora sí cuidaremos de nosotros, que lograremos aquello que hemos postergado durante tanto tiempo. Planeamos, soñamos y, en ocasiones, incluso nos permitimos imaginar una versión idealizada de nuestra vida.

Sin embargo, con el paso de las semanas, muchos de esos propósitos quedan en el olvido. No porque no sean importantes, sino porque las decisiones cotidianas, el cansancio, las responsabilidades y las circunstancias que no controlamos nos van alejando lentamente de ellos. Es ahí donde aparece una forma silenciosa de autoexigencia y culpa: deseamos profundamente alcanzar nuestras metas, fantaseamos con la vida que quisiéramos tener, pero al mismo tiempo nos enfrentamos a una realidad que no siempre se ajusta a esos ideales.

Este choque entre lo deseado y lo posible puede volverse abrumador. Poco a poco, sin darnos cuenta, comenzamos a dejarnos a un lado, atrapados en un espiral de circunstancias que parecen arrastrarnos. Olvidamos nuestros objetivos principales y experimentamos una sensación parecida a dejarnos caer al vacío, como si ya no valiera la pena intentarlo.

No obstante, en medio de esta tensión, conviene recordar algo fundamental: no todo está fuera de nuestro control. Existen pequeñas decisiones, hábitos y elecciones diarias que sí dependen de nosotros. Y aunque no cambian la realidad de un día para otro, sí pueden acercarnos, paso a paso, a la persona en la que queremos convertirnos.

Tal vez el inicio de un nuevo año no se trate de reinventarnos por completo ni de cumplir listas interminables de propósitos, sino de preguntarnos con honestidad qué sí está en nuestras manos hoy. A veces, avanzar no implica grandes transformaciones, sino pequeños actos de coherencia con aquello que decimos desear. Quizá el verdadero propósito no sea cambiarlo todo, sino no olvidarnos de nosotros mismos en el intento.

Sugey Mendoza
Columnista
La Maestra Diana Sugey Mendoza Cital es Licenciada en Psicología y se ha desempeñado con gran compromiso en distintos ámbitos de la formación, atención y reflexión psicológica. Actualmente, coordina el área de Psicología en la Unidad de Bienestar Universitario de la Universidad Autónoma de Sinaloa. Es también docente en la Facultad de Psicología. Cuenta con una sólida formación académica complementada con diplomados en Psicología Clínica, Psuiquiatria y salud Mental y Actualización en Docencia. Su formación de posgrado incluye una Maestría en Investigación Educativa. Ha colaborado en libros como títulados "Des-centramientos sobre la panadería desde la postpandemia" e "Interdisciplinariedad en educación". Y autora del libro Efectos de la ausencia del padre en la singularidad de la infancia.

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