Por Vaquero González
Hay una palabra que todos creemos entender, pero pocos reconocemos cuando la están practicando: politiquería.
Y curiosamente no son solo los políticos veteranos los que caen en ella. También nosotros, las juventudes, esas que juramos cambiarlo todo, terminamos discutiendo exactamente las mismas tonterías que ellos. Pero empecemos por las definiciones.
¿Qué es politiquería?
Es discutir si el PRI robó más, si la presidenta calló a alguien, si fue culpa de Calderón, si MC traicionó, si Morena se victimiza. Es este debate chiquito, emocional, tramposo, donde las ideas se cambian por pleitos personales. La politiquería es politizar lo que de verdad le duele a la gente, no para solucionarlo, sino para golpear a algún partido o aciertos para engrandecer el ego del propio partido. Es convertir el dolor ajeno en combustible partidista.
Es usar la indignación ciudadana como accesorio. Es hablar de política sin hacer política.

Y ahí fue donde me cayó el veinte.
El lunes, debatiendo con unos amigos y viendo en redes los debates juveniles: nosotros mismos —las juventudes— estamos cayendo en los temas más absurdos. El mismo pleito circular. El mismo “y tú más”.
El mismo fanatismo que juramos combatir. Prometimos ser la generación del cambio… y terminamos siendo la generación del refrito.
Roma no cayó por falta de talento, ni por falta de recursos, ni por falta de ejército. Cayó porque su política dejó de ser política. Los historiadores coinciden en tres factores que la debilitaron desde adentro:
- La trivialización del debate público:
En el siglo III, las discusiones del Senado se habían convertido en peleas personales, complots, acusaciones baratas y venganzas. Era exactamente lo que hoy llamamos politiquería. - Pan y circo:
Para distraer a la población de los problemas reales, los emperadores ofrecían comida, espectáculos y pleitos gladiatorios. El ciudadano se acostumbró a opinar sin exigir, a aplaudir sin pensar. - La incapacidad de autocorrección:
Criticar al emperador era traición. Señalar un error era sinónimo de conspiración. El sistema se volvió adulador, incapaz de cambiar o mejorar.
Roma cayó no porque la atacaron… sino porque se volvió ciega.
Cuando veo a las juventudes discutiendo si “Calderón”, si “AMLO”, si “MC traiciona”, si “la presidenta dijo X”, sin hablar de educación, salud, seguridad o futuro… cuando veo marchaslegítimas manipuladas por partidos… cuando escucho a funcionarios pidiendo votar en contra de presupuestos sin siquiera leerlos, solo para “no quedar atrás”… entiendo por qué Roma cayó. Y entiendo por qué México repite patrones peligrosos.
La politiquería es la versión moderna del pan y circo.
Llena, entretiene, da vistas, genera likes, te hace sentir parte de un “bando”. Pero no resuelve. No construye. No transforma.
¿Dónde quedó la autenticidad?
Nos perdimos en la idea de que criticar a tu partido es traicionarlo. Como si cuestionar fuera un acto de rebeldía imperdonable. Como si exigir mejores resultados fuera incompatible con ser leal. En México parece que para ser un “buen político” hay que ser un excelente adulador. No importa si el proyecto se equivoca: lo importante es justificar. Lo importante es aplaudir. Y mientras tanto, la ciudadanía sigue esperando resultados.
No caigamos en la politiquería. Un país no cambia con aplausos, cambia con criterio. Un movimiento no se fortalece con aduladores, sino con gente que corrige, piensa y exige. No somos adornos de un sistema viejo; somos la generación que debería romperlo.
Mi papá siempre me dice algo que hoy cobra más sentido que nunca: “No se trata de partidos, hijo. Se trata de personas.”
Personas con carácter, con criterio, con valor. Personas que no usan el dolor ajeno para ganar puntos.
Personas que no repiten los vicios del pasado. Roma cayó por abandonar las ideas y abrazar el circo.
La pregunta es: ¿Vamos a ser la generación que repitió el error… o la que por fin lo corrigió?





